Amelia (Extracto de las cartas escritas por Amelia).

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Rita llegó a mitad del año a ocupar la cuarta cama del dormitorio. Teníamos historia en común, ya que su familia también había decidido llevar la vida de campo, y dejar repentinamente todas las comodidades de la capital. Su papá tenía un rango importante en la institución, lo que le permitiría tener ciertas regalías dentro del claustro, por ejemplo, los chocolates que sacaba para compartir a media noche. Pequeños detalles que a partir de su llegada, nos hicieron la estadía más feliz en el internado. 

La carencia en común fue lo que nos unió en un principio, relatábamos ciertos paisajes de Santiago como queriendo reconstruirlos juntas, jugábamos a imaginar que los recorríamos nombrando cada detalle para sentirnos más cerca de nuestras alejadas vidas de señoritas de ciudad. Rita siempre terminaba estas juntas haciendo un show de imitación con las canciones de Paul Anka (todas me parecían tan románticas). Algunas veces llegó Sor Carmelita a reprendernos, decía que nuestro aire social capitalino, mareaba y contagiaba a nuestras compañeras de habitación a quienes les brillaban los ojos, y escuchaban con atención cada vez que comentábamos las maravillas que se podían ver y hacer en Santiago. Pasamos meses escuchando el repertorio de Rita, ya que ella cada noche le administraba gotitas de hierba de san juan al último tecito que se tomaba Sor Carmelita, quien caía rendida hasta el alba. 

Éramos dos jóvenes queriendo aprisionar una gran ciudad entre paredes de campo, deleitando a otras que no tuvieron nuestra suerte. Siempre teníamos un relato diferente, algunos ciertos, otros medios chamullados, lo cierto es que esta costumbre nos sacó de cada aburrida hora que pasamos ahí dentro. Rita se convirtió en mi cómplice, compartía conmigo la parte vip de su contrabando de chocolates. Formamos una complicidad especial, hasta nos arriesgamos a copiar en pruebas; sabiendo que ese era uno de los actos peor sancionados por las monjas, pero desde que conocí a Rita, la adrenalina pareció juntarnos. Siempre bordeamos lo permitido con nuestras travesuras, nunca ameritamos un correctivo por parte de la superiora. 

Estábamos de vacaciones con nuestras respectivas familias, llevaba semanas sin verla, extrañaba nuestras carcajadas clandestinas, hasta los rezos de media tarde. Me alegró el día cuando llegó una invitación de Rita para una tarde de piscina en su casona. 

Lo estábamos pasando extraordinariamente, bebimos limonada de menta; pasamos horas tomando sol y mirando la última edición de la revista Ritmo; por supuesto no faltó el show de Rita, cantó Fly me to the moon de Paul Anka, bailó sobre el borde de la piscina y con su mano derecha hizo círculos al ritmo de la música que sé estaba disfrutando con el alma. El acto fue interrumpido por su mamá gritando que saldría unos minutos a la tintorería. Rita me propuso una ducha para esperar a su mamá y tomar el té junto a ella antes de pedirle al chofer que me lleve de vuelta a mi hogar. Fuimos al dormitorio de sus padres, ya que ahí tenían un tocadiscos y quería colocar su disco favorito en él. Puso a correr la ducha mientras seguía cantando y bailando, yo sólo me reía y tarareaba el coro, ya que no entiendo mucho inglés. Me tomó del brazo y bailamos , nuestras miradas se cruzaron cómo cuando se cruzaban en los rezos de media tarde, pero esta vez no estaban las hermanas… nos besamos. En el rincón menos oportuno que pudimos encontrar en su casa; un prolongado beso nos bastó para que el disco dejase de sonar, pero ella siguiera cantando. Sentí la ducha de fondo, sentí el bikini pegado a mi piel, helado. Nos acurrucamos en la cama, otro acto rebelde que no pensamos, como el conjunto de nuestros movimientos aquella tarde, lo hicimos sin culpa. Me sentí viva por primera vez. Nos tapamos, se encorvó sobre mi pecho aún helado; por un instante olvidé el mundo y respiré con ella, no sé cuántas veces pasé mis dedos por su cabello, pero nunca se sintieron suficientes, entre su respiración y el sonido del agua, el sueño nos ganó. Desperté desorientada; Rita lloraba, gritaba, descubrí mi rostro y ahí estaba su padre, lo escuché como si estuviera lejos cuando gritó- ¡Destápate, maricón! – Pero se asombró al verme, se derrumbó, se arrodilló, lloró y gritó – ¿Qué es esta herejía? Y en esta cama donde te concebí con tu madre. -El militar la abofeteó, y la tiró a la ducha fría, me puse el vestido, ella gritaba, se encerraron en el baño, cruzamos por última vez las miradas antes de que se cerrara la puerta completamente. 

Su papá habló exaltadamente con el mío, a gritos lo puso al tanto del episodio, según él estábamos desnudas haciendo cosas prohibidas en su habitación; cuando la verdad era que junto a Rita sólo desnudamos nuestros sentimientos esa tarde. Mi padre no me habló sobre el tema, pero acordó mi matrimonio con prontitud con el hijo menor poco agraciado de su prima predilecta; con mucho congojo viajamos al sur, donde estoy segura con el dolor de su alma, me casó con un perdedor.

Author: Makarena Sanderson

Escribo frases y microrrelatos que tengo que sacar de mi cabeza.





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