Abuelita mía.

Como un amor de quinceañeros, así es el amor de los nietos y los abuelos.

Un amor que nunca se cansa y que no tiene altibajos. Siempre con ganas de verlos y nunca con desgana ni malas caras.

Una pasión que aparece con el nacimiento del nieto y se va con la ausencia del abuelo. Se va físicamente, por supuesto. Pero la pasión y el amor son infinitos y quedarán mientras viva el nieto.

Y yo tengo la suerte de haber tenido a la mejor. Y no, no es porque sea la mía. Y no, tampoco lo digo porque ya no se encuentre aquí. Es por esa sonrisa mirándote por encima de las gafas. Por ese sonido cuando reía. Por la facilidad con la que podías arrancarle esas dos cosas. Con cualquier gracieta, cualquier comentario, ella te lo recompensaba con esos ojos mirándote fijamente mientras sonreía.

Porque aún no he mencionado esos ojos, al final cansados y vibrantes. Que se movían incansables aunque te mirase fijamente. Y, aunque los pensáramos vacíos, guardaban dentro una profundidad con la que podías conversar sin palabras.

Caprichoso destino, ha permitido que una enfermedad que, habitualmente, agría el carácter te respete tu carácter y la paz que dabas a todos. Terrible enfermedad para alguien con esa bondad… Injusticias, como otras tantas en el mundo. Como otras tantas te han tocado.

Pero, pese a esas injusticias, estás contenta. Porque te has ido viendo que todos estamos ahí, contigo. Porque siempre te enorgullecías por tu familia. Porque siempre decías que no había otra igual.

Especialmente, claro, tus hijos. Cuatro hijos a los que les has enseñado muchas cosas, pero sobre todo a amar. Porque como te quieren, pocos hijos quieren. Como te han cuidado, pocos hijos cuidan. Y con el cariño, el amor y la dicha de haberte tenido como madre, no conozco a nadie.

Y para mi, abuelita mía, serán inolvidables los momentos contigo. Has estado en momentos maravillosos de mi vida, haciéndolos únicos. Y no volverán, ni pretendo volver a vivirlos, porque ya he tenido el gozo y la suerte de vivirlos contigo. Pero los tengo aquí conmigo, siempre a mano, siempre en mi corazón.

Anécdotas, viajes, comentarios, momentos… Y, en todos y cada uno de ellos, una sonrisa guardada siempre para mi. Ese es tu legado para mi. Tu sonrisa. Más allá de no tener malas palabras para nadie ni decir nunca cosa más alta que otra. Tu sonrisa es mi tesoro. Y ese tesoro, tantas veces compartido con los demás, ahora me lo guardo para mi. Para siempre. Para recordarlo con una mezcla de añoranza, de amor, de revoloteo en el estómago, de alegría y, al menos a día de hoy, de una inevitable tristeza.

Gracias abuelita. Gracias por tu vida. Gracias por haber dejado en mi madre tu poso en ella porque, sin él, mi madre no sería ni la gran madre ni la gran persona que es. Así que puedes estar tranquila, que tu gran herencia la has dejado a buen recaudo en ella. Y ahora, me tocará a mí cuidar un poco más de ella, como lo has hecho tú tanto tiempo. Porque nadie nos prepara para vivir sin hijos, sin padres y sin abuelos. Pero la vida sigue y tu seguirás siempre con nosotros.

Te queremos, toda tu familia.

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