Cicatrices. Un intento de conciliación con mis hijos

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Escucho un podcast a través de los auriculares conectados a mi teléfono móvil, llevo puesta una mascarilla de alta protección; mientras camino voy mirando al suelo. Tengo ciertos problemas de equilibrio, debidos a algún trastorno vestibular, que hace que me maree cada vez que giro en forma brusca la cabeza. De pronto se interpone en mi trayecto un hombre joven, de mi estatura, cerca del metro ochenta; lo acompaña una mujer que, de inmediato, se aparta unos pasos. Detengo mi andar y alzo la vista. Me habla; pero el volumen de la música es alto y no oigo qué me dice, supongo que un saludo, un «hola» o algo similar. Debe de estar confundido; trato de seguir mi marcha. Interrumpe de nuevo mi paso y continúa hablándome. Lo vuelvo a mirar a la cara e intento reconocerlo. Está oscureciendo, acaba de caer el sol en este, aún templado, día otoñal, las luces de las farolas están algo alejadas. En semipenumbra percibo una mirada que indica sorpresa refugiada detrás de unas gafas con armazón grueso de color negro. Tiene barba oscura, bien cuidada, y una mascarilla amplia que esconde su boca, su nariz y parte del rostro. Me quito los auriculares para escuchar qué me dice. Ahora sí le entiendo cuando me pregunta:
—¿Qué haces?
Lo miro con curiosidad e intriga; su cuerpo es atlético, delgado, aparenta unos treinta y cinco años. No consigo asociarlo con nadie conocido. En mi catálogo mental no conservo tantas imágenes de jóvenes.
—Perdón. No te conozco. ¿Quién eres?
—¡Soy tu hijo! —me responde.
No es una frase que se escuche con frecuencia; menos aun, en estas circunstancias, si quien la dice es un desconocido produce un estado de shock violento. Ante la estupefacción que me genera, después de un breve titubeo, alcanzo a disculparme:
—Perdóname, no te he reconocido, después de tanto tiempo… con mascarilla, barba y gafas no he podido conocerte.
—Sí, claro.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Qué decís? —le pregunto con un acento argentino que recupero de improviso.
—Estoy viviendo en Madrid desde hace seis años, vengo a Almería algunos fines de semana.
Nos seguimos mirando por unos pocos segundos. No sé qué decirle, no tengo frases preparadas para un eventual encuentro y este no es el momento para improvisar: bloqueada mi mente, atascada mi voz, mi corazón lanzado. Intuyo que a él le pasa lo mismo. Quizá tengamos miríadas de historias que narrarnos… o tal vez no tengamos nada que contarnos. Pupilas contra pupilas, penetrándonos, intentando llegar al interior más profundo, para descubrir qué es lo que se oculta en lo más recóndito del otro ser. Cada uno sabe lo que anida en su propia conciencia. Lo del otro será inexpugnable.
—Me alegro de verte bien —le digo.
—Yo también.
No encuentro mis próximas palabras… Mientras tanto, aguardo las suyas. No pretendo que se disculpe por los años de ausencia; espero que tenga curiosidad por mi vida, por mi estado, por mi salud.
Si fuese capaz de leer su pensamiento..., algo que me dé pistas para ser yo quien inicie un diálogo. No puedo ver nada en él; su actitud cautelosa, su gesto atónito; su bloqueo lo retiene inmóvil, tan atrancado como me tiene a mí.
¿Esperará a que su padre resuelva el trance respaldado en su experiencia y veteranía? No sé hacerlo. No sabemos glorificar el encuentro. Nuestra incapacidad se prolonga por cinco, seis, tal vez diez segundos. Con el cercano murmullo de las olas de fondo se escuchan dos «chau», casi simultáneos, haciéndose eco, como prolongando el sonido de una despedida abrupta que no debería haber sido.
Dos hombres inhibidos por un encuentro repentino y fortuito, tan súbito que no da tiempo a reacomodar tantos años de ausencia. La situación es lacerante, la testigo circunstancial podría opinar que es lastimosa. La herida se reabre solo para manar resignación.”

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