Crónica de Tharkinia 3: Saludos al alba.

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El amanecer llegó sin más sobresaltos que los potentes ronquidos de Al que obligaron a los troperos a alejarse lo máximo posible. Ken despertó el primero e hizo la ronda acompañado de Arconte, parecía que el silencioso animal le había tomado cariño y él que siempre se había sentido a gusto entre bestias , afición que muchos nativos de Stellia le reprochaban, se encontraba a sus anchas con aquel moloso como su sombra.

Acabada la inspección del perímetro, buscó a su montura, la llevó de la rienda hasta el riachuelo cercano para que bebiera después de una noche pastando , una vez hubo bebido lo limpió y almohazó, pues el día anterior no había tenido tiempo “mi amo me habría matado a palos si llega a saberlo , caballero del despiste, hubiera dicho”. Cuando volvía, después de lavarse él y lavar a su caballo lo dejó atado de nuevo a los carros a la espera de partir.

Comía una manzana a medias con Aluk, cuando una figura a montada recortó contra el horizonte rojizo de aquella mañana. Ken silbó, tres silbidos cortos y uno largo, la respuesta fue justo lo contrario, Era Reivy, se acercó al paso, sin prisa ninguna, observando la llanura como si en vez de en el campamento fuese a entrar en la boca del lobo, al desmontar mostró un par de maderekas colgadas de la sillamás rústicas que las de Al, estaban a medio tallar.

– Sin novedad jefe, hay un cenagal más adelante a un día y medio más o menos, tallé estas- y las hizo entrechocar – las noches que estuve fuera pero necesito una gubia para tallar el interior- escupió un gargajo lleno de polvo y sacó dos faisanes de un saco- traigo el desayuno, son de esta mañana.

– Pues adelante, te espera una sorpresa, ayer apareció uno de los tuyos, un viejo contador de historias que busca reliquias antiguas o algo así, trae otro par de esas made-no-sé-qué – rió- nos dio a probar de ese traicionero licor vuestro, ¡Por los Fae!, me estalla la cabeza

Maderekas jefe – rió el explorador- si no aguantas el zytos no eres un hombre de verdad, o eso dicen allí de donde vengo, voy a conocerle y asar estos para el desayuno – y se marchó riendo hacia la hoguera. Se oí una canción

Hay una moza en el río

lavando el pelo en el agua

canta con voz triste como

el invierno , sobre penas pasadas.

Vino un viejo por el camino,

las maderekas gastadas,

traje de paño fino

y muchas sendas andadas.

Dame moza querida

un mechón de tu melena

pa recordar estos lares

andando lejos de casa…”

Esta era la canción que entonaba Al, con la rasposa voz de un recién levantado entre el paisaje sonoro de todos los troperos puestos en danza al levantarse, uno traía leña para hacer el desayuno, otro atendía sus armas y otros, hechas ya las tareas, escuchaban al anciano.

De repente levantó la vista al oír un sonido familiar y se encontró con Reivy que sostenía su intento de maderekas y le miraba con una sonrisa incrédula. Tras un instante de sorpresa , el anciano se levantó de golpe y le abrazó como si se tratara de un viejo pariente.

– Qué alegría muchacho ver a alguien de casa, mucho tiempo llevo lejos y más que estaré- el muchacho le devolvió el abrazo constatando en silencio que el anciano lloraba de emoción, al poco rato se recompuso y le dijo- trae esos cuencos mal hechos, tallados a prisa y corriendo y yo los convertiré en el calzado de un hombre del los Valles- sacó unas gubias de su macuto y comenzó a vaciar los zuecos, Reivy le observaba.

– Decidí hacerlas porque más adelante nos espera un cenagal y me siento más cómodo pisando madera pero cuando ya las llevaba talladas con el hacha me di cuenta de que no tenía con qué vaciarlas, los dioses te enviaron a mí, Tío- dijo usando el tratamiento de respeto cordial de la gente de los Valles.

– Los dioses no, los Fae, busco reliquias, estoy investigando para un libro , ando en tratos con uno de la parte de los Campos Dorados, tiene una imprenta y dice que publicará mis diarios pero mi interés en los Fae es puramente.. académico- añadió sin levantar la vista se su trabajo.

– Es curioso… cuando era niño un anciano de mi aldea contaba historias sobre un hombre que él había visto en una ocasión en los campos dorados, en aquellos días el era peón y andaba trabajando con unos y con otros, ayudando a trashumar el ganado, desde los pastos de montaña. Contó que el hombre venía del sur, de buscar artefactos o algo así.

– No fui el primero en esto de buscar reliquias chaval, tuve un maestro, el hombre al que tu vecino vio. Nunca supe su nombre, era mudo, y nunca firmó sus diarios, yo lo llamaba maestro y supongo que eso nos bastaba a ambos- acabó de vaciar los zuecos y se frotó las manos- Pruébalas a ver si te sirven- Reivy se las calzó y anduvo un rato, visiblemente satisfecho.

– Como si estuviera en casa , Tío- saltó y las hizo entrechocar en el aire- Soy Reivy, por cierto- le estrechó la mano con fuerza, al estilo de su tierra y sonrió cuando la zarpa de Al le hizo crujir los nudillos.

– Dámelas y les pondré la puntera de latón- comenzó a clavetear la chapa alrededor de la puntera en cuanto el joven se las entregó y en pocos minutos estaban listas.

Mientras tanto Servio se había echo cargo de los faisanes silenciosamente y ahora comenzaba a repartir pequeñas tajadas de carne asada en rebanadas de pan y los troperos, atraídos por el olor iban llegando a desayunar. Ya no quedaba nada salvo la hoguera y las piedras a su alrededor que indicase que allí había un campamento. Ken llegó como todos, el comerciante se mantenía a parte, atendido por su sirviente, comiendo de su provisión personal. Cuando la tropa se hubo saciado, borraron cualquier rastro que pudiese haber hecho notar su presencia y todos montaron.

– Al y Reivy conmigo, Quinto y Servio, la carreta del “amo”, Gormak y Magnus , vosotros cerráis la marcha , hoy será un día sencillo si debemos atravesar las ciénagas me gustaría entrar en ellas y salir de allí cuanto ates y si contratiempos, de vosotros depende que sea más fácil. Con suerte no tendremos que dormir en esa maldita charca, aunque a alguno le vendría bien un baño. ¡Todos a montar !- cumplieron las órdenes al punto riendo la chanza de su jefe.

Cuando Ken y su explorador pasaron con Al junto al carromato en el que iba Konrrad, el dueño de la caravana, este exigió una explicación acerca de la identidad de Al a lo que Ken respondió con un lacónico “ él viene conmigo” y se situó a la cabeza de la columna dejando al comerciante con la palabra en la boca para disgusto de los gemelo, que debieron soportar sus quejas. La mañana pasó sin problemas mientras conducían las carretas a través del mismo mar de hierba de hacía unos días cuya llana monotonía solo se veía aderezada por algún bosquecillo de álamos aquí o allá o a veces alguna que otra piedra singular que los viajeros usaban desde tiempo inmemorial como hitos en sus viajes.

Ken y Al montaban rodilla con rodilla un trecho por delante de la comitiva, Reivy fiel a su costumbre se había adelantado yendo y volviendo a cada rato para informar, nunca se sabía lo que uno podría encontrar delante y más les valía estar prevenidos. Iban subiendo una inusual cuesta, más bien una pequeña ondulación del terreno , cada uno absorto en sus pensamientos cuando Al divisó cerca de la senda un monolito de piedra negra, erosionado por los siglos pero que aún mantenía la regularidad de formas que tienen los objetos trabajados por la mano del hombre. Se acercaron a echarle un vistazo y descubrieron que las dos caras del monolito, una daba al camino y otra a la infinita llanura , estaban cubiertas de ese musgo pardo que tarde o temprano coloniza toda roca. Al echó pie a tierra y sin calzarse los zuecos se agachó junto a la roca para observarla de cerca.

– ¿ Qué es? ¿ Qué buscas? – preguntó Ken mientras se acercaba con Aluk de la rienda y miraba como Al había empezado a escarbar el musgo frenéticamente, intentando despejar la superficie de musgo para revelar lo que había en la piedra .

– ¡Claro ! Por poco lo dejo atrás y no me doy ni cuenta, ayúdame muchacho, debo ver que hay debajo del musgo – pidió Al mientras seguía escarbando y murmurando para sí mismo, nervioso como si hubiera encontrado una veta de oro.

Tras un rato escarbando descubrieron por fin las dos caras del monolito, observaron primero la que daba a los campos que había más adelante. Eran una serie de frases y sellos construidas en un idioma de caracteres estilizados aunque arcaicos gravados en la piedra y que refulgían con un antinatural color verde. Esto fue lo que Al pudo traducir, aunque como sabemos, toda traducción es una mentira.

Dejas los límites de la tierra de los Primeros,

te aventuras a los peligros del mundo exterior

que la luz esté en tu corazón , oh peregrino

y alguna vez te traiga de vuelta, a salvo

del peligro “

Y la otra cara, la que daba al camino decía así :

Salud a ti , oh peregrino,

pues entras en el reino de

Aluus, rey de los Primeros,

nacidos de la Luz en el albor

de los tiempos “

Al estaba perplejo, como también lo estaba Ken, y a medida que fue leyendo su voz al principio exaltada se fue apagando hasta dejarlo mudo de asombro. Una vez terminada la lectura, Al se dejó caer en la hiera y extrajo de su morral un pequeño cuaderno en el que escribía sus notas , y con un pequeño carboncillo, se dispuso a añadir su hallazgo al resto de su obra.

– ¿Qué escribes Al?- preguntó Ken, observando con curiosidad por encima del hombro del anciano mientras acariciaba a su caballo que se había acercado y ahora reclamaba atención.

– Paciencia muchacho, aún no está ni mucho menos terminada, esto que ves aquí- dijo mostrando a medias el cuaderno con un ademán críptico, una traducción de mi propia cosecha, de la que probablemente sea la historia más antigua del mundo conocida por los Nacidos Segundos, la epopeya del rey Aluus, el último de los reyes Fae antes de lo que los sabios llaman La Desaparición – Ken meditó las palabras de Al y preguntó

– ¿Y qué era eso del monolito? – lo miró con el brollo de la verdadera curiosidad en sus ojos, su amo sabía algunas historias y siempre había sentido curiosidad por esos Primeros que habían hollado el mundo antes que ellos. Al parecía disfrutar de tener alguien que lo escuchase después de tanto tiempo , por lo tanto complació al joven contándole lo que había descubierto, veía en él algo más que a un simple guardia de caravanas, tenía cierto conocimiento de como funcionaba el mundo.

– Verás muchacho ese “monolito” tuyo, es una de las grandes piedras miliares que antaño señalaban el límite de las tierras Fae- el muchacho asintió asombrado- Pero eso fue relativamente nuevo, de cuando los Igni y el resto de pueblos fuimos enviados a esta tierra. En el verdadero principio toda la tierra era suya, se dedicaban a moldearla , talando árboles para leña, pescando en los ríos, cazando lo justo para vivir, siempre en armonía con la tierra. Nuestra llegada, aunque mi pueblo difiere del tuyo, les provocó la misma curiosidad que a un niño un juguete nuevo – la voz de al sonó apesadumbrada- también trajimos guerras y provocamos su huida- Ken estaba intrigado

– ¿ Pero por qué, que quieres decir con mi pueblo y el tuyo Al? No comprendo- Al rió

– Deberías haber vivido tanto como yo para saberlo muchacho pero no llevas mal camino con esa curiosidad. Sigamos, a mi me encanta hablar y con tu curiosidad echaríamos el día hablando- y así volvieron a encabezar la columna

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