Adopté un fantasma.

En el estudio de danzas donde trabajo, aquí en el barrio de Nørrebro, en Copenhague, habita un fantasma. Lo descubrí hace poco tiempo. Primero me negué a aceptar el hecho, porque en la ciencia yo creo mucho y además los fantasmas me dan terror. Pero con el paso de los días el miedo dio lugar a la curiosidad y esta, a cierto afecto por el fantasma, tanto así que decidí adoptarlo.

Te explicaré un poco. Como sabrás, me ocupo de la limpieza de la mencionada academia de baile. Llego a la noche, cuando todos ya se han ido y el lugar ya se encuentra vacío y en silencio. Muy pocas veces alcanzo a cruzarme con los últimos y rezagados alumnos y profesores, que quizás se han demorado por culpa de una charla o porque no recuerdan dónde dejaron sus zapatos, cosa que ocurre a menudo. Y muy cada tanto comparto el espacio con la hermana de uno de los directores; sin embargo, ella no es el fantasma, es de carne y hueso y respira. Vive en otra ciudad, pero suele venir uno o dos días al mes a Copenhague por trabajo, por eso utiliza el estudio como hotel. No es mala idea la suya: aquí hay cocina, baños, duchas y una pequeña oficina donde duerme. Desconozco si tiene un colchón inflable o cómo se arregla.

Es decir que, sacando esas contadas excepciones, acostumbro a hallarme sola en el estudio. Al ser un ambiente agradable, no me provoca miedo. No obstante, un día cualquiera comencé a notar una extraña compañía: ruidos de pasos cerca de mí, un objeto que aparecía en un lugar distinto adonde yo lo había dejado, una luz que se encendía sola, un reflejo en el espejo. En un principio, temerosa como soy, busqué explicaciones racionales: será el piso de arriba, debo haberme confundido, fue solo mi impresión, es mi reflejo. A pesar de que todo lo justificaba, las evidencias de una fantasmal compañía fueron volviéndose más y más fuertes, hasta que ya no pude negarlas.

Me vi entonces frente a una difícil disyuntiva, la cual básicamente consistía en, o bien ceder a la aprensión y renunciar a mi trabajo, o bien mostrarme valiente y no huir de quien fuese que me buscaba y trataba de llamar mi atención. Porque entiendo que, si el fantasma se tomaba la molestia de arrastrar las sillas, por algo sería. No creo que se hiciera notar si su objetivo fuese que nadie lo descubriera. Finalmente, en contra de mis propios deseos y predicciones, no me escapé. Me quedé a ver qué pasaba.

Dio la casualidad de que por esos días yo comenzaba a atravesar el duelo por una reciente pérdida, que ocurrió allá lejos, en la Argentina, así que el fantasma de la academia no podría haber aparecido en un mejor momento. Decidí llamarlo con el nombre de la persona que perdí, quien no tuvo el detalle de dejar un fantasma que la reemplazara. No me dejó más opción que adoptar este para sentirme un poco menos sola. No digo que vaya a tenerlo por siempre, algún día dejaré de trabajar en la academia o me negaré a seguir creyendo en fantasmas, con lo cual tendré que superarlo. Es solo un pequeño consuelo que he conseguido por ahora.

No le dije al fantasma (¿la fantasma?) que estaba todo bien entre nosotras. Asumo que ella lo sabe gracias a pequeños cambios que he implementado. Por ejemplo, cuando hace un ruido para que la mire, levanto la cabeza en dirección a la fuente del sonido, sonrío y sigo trabajando. Seguro que lo entiende. Hay días que se muestra muy activa y otros en los que ni aparece. Tampoco le conté que le elegí un nombre, pues alguno habrá tenido en vida; quizás se ofende si se entera que se lo cambié y la verdad no quiero se que vaya ella también. Se ha convertido en una presencia que me deja tranquila. Es verdad que proyecto en ella a alguien más, pero… no creo hacerle daño a nadie con esa simple licencia.

Sería un problema contarle a la gente todo esto… Por ahora es mi secreto, nuestro secreto. Me entristece un poco pensar que en algún momento no muy lejano nos separaremos. Otra pérdida… Tendría que averiguar si los fantasmas pueden ir de un lugar a otro o cómo se hace en estos casos. Dudo mucho que pueda repetir la experiencia en otro sitio, y ni siquiera evalúo la opción de adoptar un segundo fantasma, me parece mucha responsabilidad.

Mientras tanto me reconforta saber que, incluso cuando aparento estar sola, en realidad hay una presencia que me cuida. Silenciosa, tranquila, allí está. Permitiré que continúe a mi lado realizando pequeñas travesuras, como cuando volcó una botella de agua seguramente enojada porque yo andaba distraída con los auriculares y no le prestaba atención; reconfortándome, como el día en que tocó una canción en el piano al ver la tristeza que se adivinaba en mi rostro; o simplemente haciéndome saber que está aquí, por cualquier cosa que necesite, aunque no pueda ayudar. Hasta en eso se parece a mamá.

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Author: El viaje de la palabra

Nací en Argentina hace unos treinta años. En el 2018, decidí "dejar todo" y unos meses después, a comienzos del 2019, dejé mi país para vivir nuevas aventuras. Me encuentro viajando desde entonces. Ya viví en tres países (Suecia, Dinamarca y Alemania) y visité otros tantos. Me gusta escribir relatos y reflexiones sobre el camino que voy trazando. ¡Gracias por leer y compartir!





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