El perro Polo.

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Cuando a sus padres les dijeron que su hijo Pablo iba a nacer con muchos problemas de vista, los médicos les recomendaron que le consiguieran un perro guía.

Al poco de nacer, Pablo y su perro Polo pasaron a ser la combinación perfecta. Una mezcla de confianza, respeto y amor hizo de ellos una relación humano- perro excepcional.

Pablo fue creciendo y su vida giraba en torno a él. Dependía de Polo para cualquier cosa, por pequeña que fuera. Por sí mismo era muy capaz y podía resolver casi todo sin mayor problema pero se sentía mucho más confortable si Polo estaba a su lado y podía apoyarse en él.

Él siempre decía que por su amado perro daría su brazo si hiciera falta.

Un buen día como cualquier otro, Polo mordió su mano. Le mordió su mano con tanta fuerza y tanto ímpetu que a punto estuvo de perder un dedo.

A Pablo se le cayó el mundo. ¿Cómo podía haberle hecho eso al ser al que más amaba y respetaba? ¿Por qué quiso hacerle daño si siempre se había portado bien con él?

Polo fue visto por diferentes veterinarios pero ninguno supo dar una respuesta de por qué le había mordido. Pablo necesitaba entenderlo, pero nadie podía darle una respuesta que le satisfaciera. «Tenía hambre ese día», decía uno; «se sentía inseguro al morder», decía otro; «es frecuente cuando las feromonas de las hembras que están en celo desencadenan cambios de comportamiento en algunos perros», decían otros cuantos. Para Pablo, eso nunca fue suficiente razonamiento.

Y así pasaron los años. Polo, con la inconsciencia de un perro, siguió sirviendo y queriendo a su dueño todos los días de su vida. Pero Pablo ya nunca le trató igual. No le trató mal, claro. Pero algo había cambiado. No sólo cuando le daba de comer con un guante para no volver a sufrir una mordedura, sino en el propio trato.
Polo pasó de mirar a Pablo con amor a mirarle con la pena de no entender por qué no le quería y le trataba como antes. Si hubiera podido, le habría dicho que era el mejor dueño que podría haber tenido. Que le amaba profundamente y que daría su canina vida por la suya.

Pero Pablo nunca pudo oír esas palabras. Y, poco a poco, se fueron consumiendo los últimos días de Polo… hasta que llegó el día en que comenzó su viaje al Paraíso canino.

«Hasta siempre, amigo mío. Cometiste un error, hace ya muchos años. Me asustaste, me hiciste dudar y sentí miedo de todo. Para un ciego, su perro guía es su bastón, sus ojos, sus manos y sus pies. Tú eras todo eso y más. Eras más amigo que ninguna persona que haya conocido nunca. Hace muchos años cometiste un error, sí. Como lo cometemos todos. Y ahora que te has marchado me doy cuenta de que yo llevo cometiendo otro mucho peor estos años. He dejado que ese error nos machaque. Con tu cariño me decías todos los días que no me querías hacer daño, con tus gestos que darías la vida por mí.

Antes solía decir que daría mi brazo por ti y no he sido capaz de dar ni un dedo. Soy la persona con más suerte del mundo por haber podido compartir mi vida contigo. No sabes lo que daría ahora por tenerte un tiempo más. Sí, daría mi dedo y mi brazo.

Llevas años pidiendo tu canino perdón y yo no he sabido perdonar.

Gracias por todos estos años de fidelidad, de amor, de ayuda y esfuerzo sin mi reconocimiento. Espero que tú, desde el Mas Allá Canino, sepas perdonarme a mi también algún día.

Polo, mi guía, mi brújula, mi compañero de vida, espero que allá arriba te cuiden como me has cuidado tu. Y espérame porque me gustaría seguir compartiendo mis días hasta el fin de la eternidad contigo al lado.» Fueron las palabras que le escribió Pablo en una carta de despedida.

«Pablo, mi buen amigo Pablo. ¡Qué felices hemos sido! Recuerdo el primer día que nos conocimos: eras muy pequeño, pero no tenías miedo. Yo ya había conocido a otras personas ciegas… pero ninguna como tú. Desde que nos conocimos, algo nos unió para siempre. Teníamos como un hilo invisible que nos mantenía juntos.

Me has hecho el perro más feliz del mundo. Me has dado un cariño y un amor con el que nunca habría podido soñar.

Siento mucho haberte fallado. Desde aquel día que tenías el animal ese en la mano y corrí para quitártelo para que no te hiciera daño, las cosas no han sido igual. Siempre recordaré ese momento. Cuando vi que estaba merodeando para inyectarte su veneno sólo pude correr hacia ti para salvar tu vida. Pero lo hice mal. Salvé tu vida pero no fue suficiente. Esperabas de mi que te protegiese de todo ya que no podías ver algunos peligros y fallé en el peor momento. Desde entonces, todo cambió. Viste cómo te fallé y ya no confiaste más en mi.

Me habría gustado que supieras que habría dado mi vida por tí. Que día a día trataba de protegerte de todo. Pero ese día, estaba entretenido mordiendo un hueso y cuando me percaté del peligro, ya fue tarde.

Me he pasado el resto de mis días tratando de compensarte ese daño tan grande… Pero entiendo que tu ya no pudieras confiar en un perro que no te ha sabido proteger cuando más le necesitabas. Me voy de este mundo con la pena de no haberte podido dar toda mi entrega. Pero me voy con una alegría inmensa por haber compartido todos estos años juntos. Gracias por ser mi persona. Gracias por haberme permitido ser tu perro.» Fue la perruna carta de Polo.

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