El reencarnado.

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A Don Telmo no le hizo falta mirar el viejo reloj de péndulo que colgaba torcido y mohoso de la pared, para saber que eran las 8 en punto de la mañana, hora en que religiosamente entraba al abasto la figura rechoncha, de tez roja y mirada inquisitiva, aunque bien vestida, como corresponde a un respetable contable, para hacer la compra diaria de la mañana: una papeleta de café molido y real y medio de papelón. Animado por la confianza de viejo cliente, un día se atrevió a preguntarle cómo es que esa cantidad le podía alcanzar para una familia de cinco hijos, una esposa y una suegra: ah pues fíjese, hacemos guayoyo, pero no se crea, le ponemos unos granos de clavos de olor o una vara de canela y bien caliente, lo vamos tomando despacio mientras se va saciando primero la mente y luego el estómago. Impertérrito ante la respuesta menos esperada, lo vio alejarse mirando el reloj  como si éste le ofreciera una respuesta sensata.

Pasó una mañana intranquila, ansioso, esperando que dieran las 12 para la segunda visita del viejo cliente, se dispuso a pesar el pedazo de queso de año que le pediría: ya sabe Don Telmo, no se me pase, 150 gramos rallado fino, muy fino y una bolsita de cremor tártaro que se me está acabando. No me mire así, usted no sabe lo bueno que quedan los jugos con el cremor, los hace subir y no hace falta espesar con tanta fruta, y como el queso es saladito, pues quedamos más que satisfechos con la sopa de fideos.

Llegó el sábado y de nuevo la ansiedad que le producía la tacañería del contable. Hacía un mes ya que no compraba la pasta jabón azul, así que fue preparando el cuchillo de hacha porque intuía que lo necesitaría. Llegó con la puntualidad de siempre: ah veo que ya me tiene a mano el jabón; me lo corta por favor en tres pedazos, dos partes iguales y la tercera más fina. Esta vez, Don Telmo no se reprimió y le preguntó porque lo dividía de esa forma: ah muy fácil, mire, el más pequeño es para lavar los cuellos, las sisas y los puños de mis camisas blancas, ya ve que las uso a diario; luego uno de los pedazos más  grandes es para la ropa de las mujeres y el otro para el baño de los hijos, pero eso sí, con el orden correspondiente; ya sabe usted que el cuerpo no se ensucia todo al mismo tiempo, así que les he enseñado lavar sus partes por separado entre la semana, un día por medio, pelo, oreja y axilas, otro desde el esternón hasta las rodillas y después piernas y pies; claro de haber algún imprevisto, mantengo un frasco de agua oxigenada para una limpieza de emergencia, no hace falta tanto derroche para ser limpio y disciplinado. Cuando el contable se fue, Don Telmo no podía dejar de pensar en las estrafalarias formas del contable; ora lo consideraba un roñoso, ora de una ejemplaridad inaudita en cuanto a disciplina de vida, pero sólo cuando fue abandonado por su familia, tuvo claro que era la viva reencarnación del mismísimo Félix Grandet.

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