Crónica de Tharkinia 0: El último caballero.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...

La hueste se arremolinaba ruidosa, un pandemónium de voces y sonidos de hombre y bestia por igual que levantaban una inmensa polvareda en la arenosa llanura frente a la solitaria ciudad. Sonaban cuernos de guerra, canciones y comentarios obscenos en lenguas extrañas, la clase de obscenidades que los hombres se cuentan los unos a los otros antes de entrar en combate para ganar valor o aparentarlo ante el vecino.

Justo frente a esa horrible horda salida de las más oscuras pesadillas que uno pueda imaginar, se hallaba una ciudad digna de cualquier dios. Murallas de piedra gris con reflejos de cuarzo que la hacían centellear como si estuviera hecha de plata pura, “Stellia” los comerciantes la llamaban “ El sello de plata “ pues su riqueza se basaba en las infinitas galerías de donde los habitantes extraían minerales de todas clases, sobre todo plata y un hierro especialmente fino que daba el mejor de los aceros si era puesto en las capaces manos de los artesanos que allí vivían y enviaban el fruto de su trabajo en barcazas a través del lago de las lágrimas y después a los valles del llano o a cualquier parte, tal era su fama.

Desde la seguridad de las almenas los habitantes del burgo observaban como una caravana había caído en manos de la hueste que se les venía encima, los comerciantes nunca son mala presa pero en este caso daba la casualidad de que la “caravana” con la que habían trabado combate no era tal sino una delegación diplomática que venía del otro lado de las llanuras con regalos y presentes además de con una hermosa doncella, la hija del Qadi de las montañas de bronce, princesa de un pueblo de caravaneros que era enviada allí con intención de sellar una alianza comercial mediante el matrimonio de ella con un miembro del consejo del Alto Burgomaestre Henrich.

Ya se oían desde las almenas los gritos de los guardias de la caravana enzarzados con la caballería ligera que como perros los acosaba desde hacía incontables millas persiguiéndolos a paso vivo por la interminable llanura a una más que respetable distancia del ejército. En un principio habían creído que su escaso número los salvaría pues eran más veloces que la enorme multitud de guerreros, ahora ya tarde, habían visto su error y por lo que parecía lo estaban pagando con sangre. También llegaba a las ventanas de la Torre del Maestrazgo el estrépito del combate y una rechoncha mano cubierta de anillos se crispó entorno a una balaustrada de mármol, unos ojillos porcinos observaron temerosos hacia abajo, a las murallas donde todo eran anchas alas de sombreros, ruegos murmurados a una plétora de dioses , los soldados estaban tan tensos como las cuerdas de sus arcos

El hombrecillo que observaba se volvió asqueado y contempló la sala de un vistazo, esplendor de reyes, pero hacía ya muchos años que los reyes no eran sino historia, aplastados por el poder del pueblo, o eso decía la burguesía, habían sido eliminados dejando paso a otros tiranos todavía peores. Este, vestido con finas ropas, de manos suaves y enjoyadas, que recorría cada rincón aún relamiéndose de codicia, era el peor de todos, el Alto Burgomaestre Henrich, un esclavista que por obra y gracia de sus buenas palabras y el uso ocasional de una daga en la oscuridad había pasado de despotricar en tabernas y universidades a arrasar con la monarquía en nombre del pueblo para luego en vez de ceder el poder al pueblo acapararlo para sí. En esos momentos el gran hombre del pueblo se hallaba muy disgustado, La alianza con los pueblos de las montañas de bronce era vital , había recibido una ruina en lugar de un reino y si quería aumentar su riqueza, la suya, no la de Stellia, debía lograr que las caravanas de bienes tuvieran paso franco por las tierras de esos salvajes y si aquella pequeña ramera que para él significaba menos que una yegua de cría moría en manos de una vulgar turba de mercenarios perdería muchísimos denarios y eso para alguien con una avaricia tan legendaria como la suya era impensable.

– ¿ Por qué no han abierto fuego los hombres capitán Creso?- preguntó al jefe de la milicia , un hombre de constitución fuerte y rasgos duros que permanecía erguido y con la mano apoyada en la empuñadura de su estoque mientras que el resto , los sirvientes y algún que otro adulador trataban de parecer invisibles no fuera a ser que la ira que en aquel momento brillaba en los ojos de su caprichoso gobernante cayera sobre alguno de ellos.

– El enemigo está fuera de alcance, vuestra señoría- se limitó a responder sin alterar el gesto , como quien dice algo obvio y volvió a parecer una estatua.

– Que salga la caballería – dijo mirando al capitán con gesto desafiante por el simple hecho de haber tenido una idea, sí, era un hombrecillo aborrecible.

– Carecemos de caballería señor, vos mismo ordenásteis ejecutar al cuerpo de paladines justo después de la rebel… quiero decir del derrocamiento del tirano- dijo el capitán mostrando buenos reflejos y con aparentemente sincero arrepentimiento- puesto que en vuestro infinito saber hacer sentísteis que los caballeros eran un cuerpo obsoleto e innecesario que solo serviría para debilitar los intentos de vuestro gobierno por llevarnos hacia una nueva era

– Sé muy bien lo que dije pero debemos hacer algo, si la muchacha muere esos salvajes bajarán de sus colinas y será mi fin- dijo elevando la voz hasta gritar, una imagen alentadora para un líder- que alguien encuentre una solución, estoy rodeado de incompetentes y traidores

En ese momento una figura oscureció la sala al traspasar el umbral, un hombre cubierto de pies a cabeza por una armadura de acero laminado de las entrañas de aquella tierra, el más duro y flexible que jamás existió y existirá, labrada en el peto y espaldar para imitar una poderosa musculatura , con grebas , protectores para los muslos y brazales,guanteletes , cota de malla del mismo material y un yelmo de los que llamaban de cabeza de cerdo con la visera tallada de forma que bajada como estaba parecía que uno miraba a la cara de un horrible demonio. Cuando el hombre se arrodilló levanto la cimera descubriendo un rostro enjuto con bigote y perilla canos.

– Mi señor, permitidme ir al encuentro del enemigo, los montañeses me temían antaño y siguen temiéndome ahora pues saben que aún sigo vivo, en cuanto me vean no querrán más que acabar conmigo , eso le dará algo de tiempo a la delegación, el suficiente para ponerse a salvo tras los muros- la mano del capitán se posó sobre el hombro del caballero

– Ser Kyox , moriréis si salís al encuentro de esa hueste son demasiado numerosos , os darán muerte- aún a pesar de la apariencia de serenidad la voz de Creso dejaba traslucir su preocupación por el ya anciano caballero.

– Si debe ocurrir, que así sea- dijo Ser Kyox agradeciendo el gesto con una mirada- ya he eludido a la muerte por demasiados años , el destino de un caballero es proteger a los débiles no agostarse y morir en el lecho tras mil agonías- ahora miraba al burgomaestre – aunque parta hacia el fin, parto de buena gana

– Ve entonces y líbranos de los males que nos aquejan – Henrich movió la mano con displicencia y esa fue la única despedida que tuvieron Ser Kyox y Creso .

Descendieron a través de pasadizos y escaleras de caracol sin decir una palabra, en silenciosa camaradería. Al llegar frente al rastrillo , donde los esperaba Ken , un muchacho bajo pero fornido que lucía un incipiente bigote, con las monturas preparadas , vistiendo cota de malla y un pesado alfanje al cinto. Kyox acaricio a su caballo Rezin, un alazán de gran alzada e imponente cabeza, rojizo como la tierra de las colinas cercanas.

– Shhh está será nuestra ultima cabalgada hermano, llévame con honor, no he podido tener mejor caballo – el animal relincho y el hombre besó su frente con sincero aprecio- se volvió para ver como su escudero montaba en el otro caballo, un sencillo palafrén, nada que ver con las bestias de guerra , más apropiadas para lo que se avecinaba.

– Alto ahí Ken, desmonta, tú no vienes- le miró con afecto y su voz se quebró durante un instante – miró a Creso – os debo la vida viejo amigo, aquella noche debíais haber acabado conmigo y vuestra mano se contuvo, pocas veces los vencidos disfrutan de esa merced- Creso lo miró sin verlo , como recordando

– ¿Vencido vos? – rió de forma estruendosa, su cara había cobrado vida-por las tres Lunas ni los virotes de ballesta disparos os detuvieron , recuerdo perfectamente aquella carga, directo contra nosotros , la estrella de ocho puntas de vuestro escudo llena de golpes y arañazos y como esa espada me silbó en el rostro cuando le cortásteis la cabeza al hombre que estaba junto a mí y ni os detuvísteis a mirar , os dejé con vida porque vuestro valor me impresionó

– Os estaré agradecido infinitamente pero he de pediros un último favor – señaló a su joven escudero con la cabeza- cuidad del muchacho- el otro asintió sin asomo de duda.

– Así se hará – se estrecharon las manos con sincero afecto

– Ken, muchacho, acércate- el el joven se acercó, la piel morena de su rostro ( era mestizo) estaba surcada de lágrimas pero hizo un esfuerzo por contenerlas- no vendrás conmigo puesto que sé que me enfrento a la muerte y no deseo ese destino para el mejor de los escuderos- el comentario hizo que el muchacho sonriese por un levísimo instante

– Pero señor…- Kyox puso una mano revestida de metal sobre su hombro

– Calla zagal- por un momento sonó más autoritario de lo que hubiera querido- ha sido un honor tenerte por escudero , has aprendido estas artes siempre con voluntad y has obrado con honradez y valor en toda circunstancia por eso aún a pesar de lo que diga la ley, te armaré caballero, el capitán será nuestro testigo así nadie podrá negarte nada, arrodíllate- el muchacho asintió sin poder contener las lágrimas y acató la orden

– Por el Dios Infinito, por las Tres Lunas y por la Estrella de Ocho Puntas, Ken ¿juras ser fiel a los principios que traté de transmitirte, defender al débil, obrar con honor y defender la justicia?

– Sí, juro- murmuró el muchacho y el anciano caballero desenvainó su espada “Kadiana”

– Yo, Ser Kyox de Manx te nombro caballero- le dio el espaldarazo golpeando su cabeza suavemente con el plano de la hoja- álzate Ser Ken de Stelia como caballero, este ha sido el último golpe que has de tolerar sin responder – , le ciñó su otra espada “Kezek” ,abrazó al muchacho y se subió al caballo – Dios os guarde amigos, si perezco moriré en paz, es más de lo que muchos tienen. Recordadme.

Dicho eso, bajó la visera del yelmo picó espuelas y se dirigió a la batalla, atravesó el puente levadizo al trote y este se cerró tras él ocultándolo de la vista de los dos hombres, lo último que oyeron de él fue su grito de guerra

“ ¡ Por las Lunas! ” convertido en un bramido imponente bajo la máscara metálica y el estrépito que causó al cargar contra el enemigo como un torbellino de muerte.

Cuentan que tales fueron los daños que la turba de mercenarios dio media vuelta y se fue por donde había venido, admirados y aterrados a partes iguales por el valor y la fuerza de aquel caballero. Se sabe que la delegación diplomática llegó a salvo a Stelia en cuanto al caballero de la estrella, esperaron y esperaron, miles de partidas salieron en su busca, pero nadie más supo de él, no había dejado ni rastro.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *