El último Uthuan de Eldar.

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     Cuenta la leyenda que el primer mago del mundo se enamoró de una Diosa. Su amor provocó una guerra contra los seres que habitaban Crimbel por intentar aspirar a alcanzar algo que se les prohibía.

     Desde el principio había normas muy claras. Ningún ser divino podía enamorarse de su propia creación hasta la locura. Lo que no sabían, aquellos Dioses, era la astucia y la inteligencia que gobernaba a los hombres para lograr lo imposible…

     Un rugido feroz se alzó sobre el frondoso bosque nevado. Los cuervos volaron en estampida graznando como motas de polvo negro en un cielo gris claro. Atemorizados por lo que estaba a punto de ocurrir.

     La Primera Guerra se cernía sobre Isgard.

     Y el fuego cruzado había estado a punto de acabar con su vida de no ser por el muro de agua congelada que había alzado frente a él en un rápido movimiento de manos. Al otro lado, el enemigo había revelado su posición.

     Los Lykcus irrumpieron en el bosque. Sus chillidos ensordecedores se oían a kilómetros de distancia alarmando a ciudades, pueblos, aldeas… Y cuando lo hicieron, el reino se sumió en un escalofriante silencio. La poca gente que quedaba en el norte, había sido evacuada y se ocultaba tras las murallas de Álsazor o Reílen, rezando a los Dioses por salvar sus pobres vidas.

     —¡¡Replegaos!!—Se escuchó la voz de un soldado que intentaba reagrupar a los que quedaban en el frente desperdigados y azorados.

     Los seres de piel de hielo habían masacrado a más de la mitad del ejército del Rey Klimberg, y la situación se antojaba cuanto menos precaria.

     —¿Dónde está el resto?—Los ojos azules de aquel comandante que intentaba bloquear el avance de los seres mágicos enviados por los Dioses antes de llegar a la ciudad, se detuvieron acelerados en un soldado de un rango menor al suyo. A pesar de la agitación del momento, quiso mantener la calma, si es que eso era posible…

     —Llegaran al atardecer. —Anunció con la respiración entrecortada. —Debemos reagruparnos allí, mi señor, y defender el sitio tras la muralla. El bosque está perdido. —El hombre asintió, afligido, a su soldado. A pesar de todo lo que había luchado era consciente de que, por desgracia, no sería capaz de cumplir con su promesa. Chistó. — ¿Viene?

     —Esperaré al resto, Clean. —El comandante de cabello negro como la noche y barba incipiente, contuvo el aliento. —Aún tienen que llegar los que estaban protegiendo el puente. —Advirtió.

     —Hace horas que no sabemos nada de ellos, probablemente las aldeas colindantes hayan caído, ¿y si…?—Su superior le colocó una mano en el hombro.

     —Volverá. Confía en mí.                                        

     —A veces, ni los Dioses mismos aunque estén de nuestro lado, pueden cambiar el destino de los hombres, Hans. —Clean, con su uniforme de soldado manchado con la sangre de los Lykcus, respiró hondo. Para él, su comandante no era solo un compañero. Habían luchado juntos durante decenas de batallas desde que estalló la Primera Guerra hacía seis años pero, además, se conocían desde que eran prácticamente unos niños.

     —Ella lo habrá conseguido. Lo sé…—Hans de Uthuan se deshizo de su espada y se la tendió. Era su último regalo hacia su amigo, probablemente. —Además, este es mi bosque, mi hogar. Eldar lo es todo para mí. Debo quedarme por los míos y por su honor. —Clean cogió la espada por la empuñadura intercambiándola por la suya. —Tienes que proteger al pueblo de Isgard. Ese es tu deber.

     —Velaré por ti con mi metal, hermano…—El chico, de cabellos castaños ralos, le sonrió. Sabía que sería la última vez que se verían.

     —Cuida de Delga y los niños. —Le aconsejó. —Mi hermana es un tesoro.

     Clean asintió, se cuadró, le dio un abrazo a su amigo y se marchó dando órdenes a los pocos hombres que quedaban por allí.

     Hans les daría el tiempo suficiente para escapar.

     Así que, cuando aquella manada de gigantescos monstruos de piel de hielo con sus garras afiladas y chillidos agudos, se alzó sobre su persona, Hans, comandante del ejército real y poblador del bosque de Eldar, el último Uthuan que quedaba en el mundo, alzó la espada aullando contra el enemigo.

     Empezó a nevar nada más dar la primera estocada y en ese instante cargado de adrenalina, mientras sus movimientos se convertían en una danza de magia de agua, pasos firmes y golpes directos, un recuerdo tan nítido como los propios copos que caían del cielo, inundó su memoria.

     Ella.

     Sus ojos verdes como las hojas de los altos árboles de su frondoso Eldar, le miraban complacientes. Notaba sus dedos pequeños y suaves rozarle el cabello alborotado, bajo el árbol de Tharg protector de su pueblo.Una maravillosa sonrisa de hoyuelos perfectos iba dirigida solo a él mientras que la contradicción de las normas estrictas de un Dios, esparcían la oscuridad por su mundo sin que, en aquel instante, se diesen cuenta.

     Casi podía oírla. Su voz siempre fue muy cálida…

     —No dejarán de buscarnos. —Advirtió preocupada.

     —Pues nos esconderemos mejor. —Presumió Hans con una sonrisa pícara en los labios.

     —Hablas de huir de mi padre. Eso es tan imposible como que de día salga la Luna.

     —No voy a renunciar a ti, Naira. Lucharé contra cualquier Dios. Incluso si ese Dios es Uld, tu padre. —La joven soltó un largo suspiro negando. Aquella afirmación había sido una locura.

     —Esa valentía es una insensatez. Debemos abandonar nuestro empeño. —Contuvo el aliento. — Si te ocurriese algo no me lo perdonaría jamás…

     —Pues debes confiar en mí. Lo afrontaré. —Ella arrugó la nariz preocupada sin apartar sus ojos de él. —Solo necesito encontrar la forma de ser mucho más fuerte. Quizás así tenga una oportunidad por ínfima que sea. No voy a dejarte ir. No de nuevo. —Aquella fórmula soñadora siempre le había hecho cierta gracia a Naira.

     Ver lo probable en lo imposible.

     Los mortales se arriesgaban, caían, se levantaban, luchaban. Sin desistir. Aguantando feroces conflictos. Fuese cual fuese el muro, sin importar su altura o grosor, ellos hacían todo lo posible por poder cruzar al otro lado. Eso era algo que, una Diosa como ella, admiraba más que nada; sus esfuerzos. Sus creencias. Su fe. Su esperanza.

     Y por eso, lo había pensado tanto hasta sentir que era realmente lo correcto. Tal vez, enfadase aún más a su padre pero si era capaz de dotar a Hans de ciertos dones para que luchase por su vida, las tornas cambiarían a su favor, quizás, un poquito. Naira haría cualquier cosa por salvarle. Lo que fuera.

     —Bésame.

     Le pidió y Hans abrió sus ojos ligeramente sorprendido. Sintió un vuelco en el corazón. Una sonrisa afloró en sus comisuras.

     —Si lo hago, quiero algo a cambio. —Naira soltó una melodiosa carcajada encandilando al soldado todavía más.

¿Qué?

     —Que te quedes conmigo hasta el ocaso.

     Hans hablaba del final de sus días. Naira asintió con ternura sin pensarlo ni un solo segundo.

     Y él, le otorgó a la mujer que amaba, el deseo que le había pedido.

     Fue justo, cuando la Diosa hundió su boca en él profundizando el beso, cuando el chico de cabellos oscuros, sintió una enorme explosión en su interior. Una fuente de poder fascinante, recorrió cada poro de su piel, cada célula de su cuerpo. Una energía extraña y desconocida se aferró a su corazón. La magia invadió su alma, su espíritu, su mente.

     La Diosa prolongó el beso hasta que el pacto estuvo sellado naciendo así, el primer mago elemental de la historia.

     Las corrientes de agua se apoderaron de Hans de Uthuan. El comienzo de la magia de los hombres en Crimbel, el mundo que había creado la Diosa Mendith, Madre de todos. Y él iba a usarla para salvaguardar a su amor.

     Levantó un muro de hielo que empujó contra una de las criaturas nada más salir de sus pensamientos. El ser recibió el golpe, con dureza, desplomándose. Eso le daba unos minutos más.

     Naira…Susurró para sí, alzando la espada contra otro enemigo. ¿Dónde estás?

     Hans intentó por todos los medios zafarse de los tres Lykcus contra los que luchaba pero cada golpe suyo era contrarrestado por otro más enérgico, más fuerte, más violento… Y entonces, cuanto sintió que la sangre se deslizaba por sus labios a borbotones fruto de un fuerte impacto en el pecho, supo que su final se hallaba cerca.

     Aun así, sonrió felinamente.

     Como el tigre a punto de abalanzarse sobre su presa, uso unos arbustos nevados para camuflarse antes de lanzarse hacia el enemigo. Creó dos lanzas de agua helada, tan poderosas y grandes que consiguió atravesar con ellas a uno de los seres. A otro pudo derribarlo y clavarle la espada de Clean en el corazón saltando sobre su gigantesco cuerpo. Para el tercero…, no tuvo la misma suerte.

     Y justo entonces

¡Hans!

     Su voz.

     El poder de aquella joven ensangrentada derribó al Lykcus en cuestión de segundos. En ese instante, las piernas de Hans flaquearon lo suficiente como para caer vencido. Sin embargo, ella, rápida, le sostuvo antes de que su rostro se perdiera sobre la nieve manchada de sangre.

     El comandante sonrió feliz. La castaña estaba a salvo.

     —Por fin acabará todo…Pronunció con un hilo de voz apoyando la frente en el hombro de su amada tan maltrecha como él mismo. Naira asintió esbozando, también, una fina línea curva en sus labios.Podremos estar juntos sin que tu padre me odie…Bromeó el moreno y las lágrimas afloraron en los ojos de la Diosa que le estrechó aún más en sus brazos. Sonrió, feliz.

     —Nos veremos pronto. —Susurró en su oído. —Ha sido una gran aventura, Hans…

     —Te quiero Nai…Ella se mordió el labio con el corazón encogido. —Siento haberte fallado como le fallé a los míos. Tal vez, tuve que hacer algo más para protegeros después de todo…

     —Solo eras un hombre que gracias a su pueblo, a su valor y tesón, ha conseguido unificar nuestros mundos.

     —Y a pesar de ello, soy el último de los míos por ese sacrificio…La sangre empezó a extenderse más allá de su armadura de cuero regio. Hans se palpó la herida, con un gruñido doloroso.Y quizás ese compromiso acabe conmigo…

     —No, no lo hará. —Sollozó la Diosa.

     ¿Cómo lo sabes…?Ella le retiró un tanto y apoyó la cabeza de su amado contra su pecho, le besó.

     Cálida. Dulce. Tierna.

     —Él mantendrá a salvo ese vínculo. —Naira le miró a los ojos. Esos ojos azules que tanto le habían hecho sentir. —Nuestro hijo…

     Hans sonrió complacido sabiendo que había vencido a un Dios.

     —Entonces tardarás un poco en llegar…—Naira contuvo el aliento sin dejar de llorar.

     —Espérame. —Hans cerró los ojos asintiendo. Nunca había esbozado una expresión más feliz.

     —Tengo toda la eternidad para amarte. Así que puedo esperar un poco más…

     Y de pronto, el cuerpo de Hans dejó de moverse. El frío se apoderó de su piel. Su rostro se llenó de paz. La sangre dejó de fluir. Su espíritu se evaporó.

     Naira se mordió el labio, acongojada. Agachó el rostro hasta hundirlo en el del comandante. El dolor fue asolador.

     Ese día la nieve caía en el bosque de Eldar acogiendo en su seno a su guerrero más preciado. El último de Uthuan había desaparecido…

     Los cuentos hablan de Hans de Uthuan que luchó en la Primera Guerra desatando la ira de un Dios creador de mundos y venció. Como recompensa, secuestró a su hija y engendró con ella, un hijo y este, a su vez, otro más. La magia de agua, el legado de Naira y el suyo, fue extendiéndose por Menithez hasta que una mañana fría del último mes del año, en una aldea de Eldar perdida de la mano de los Dioses, nació una niña de ojos verdes y cabello castaño. Una hija de Naira. Una descendiente del último Uthuan; Nerumi de Isgard. La mujer que liberaría al mundo.

     Pero eso es, otra leyenda…

Sara B. Green.

Author: Sara B. Green

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.”





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