Inocencia perdida.

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Un buen día, sin más, desapareció por aquel agujero en la puerta mi sabiduría infantil, y en mi mente desde entonces dejaron de habitar las hadas agitando su varita, las tacitas y teteras parlantes, y los candelabros y percheros bailarines .Los cuentos llenos de príncipes y princesas que me leían antes de dormir, ya no me hacían soñar con alfombras voladoras, Caperucitas y lobos feroces, ni con adorables abuelitas ni madrastras malvadas. Ya nunca volví a desear ir de excursión a una fábrica de chocolate, ni conocer en persona a una niñera con paraguas o a la mismísima Reina de Corazones. Desterré para siempre a los ratones dentistas, y a las mañanitas navideñas. Incluso los Reyes, los Magos, los «Padres Noeles» y su séquito de camellos y renos desfilaron hasta desaparecer y perderse para siempre por un camino de baldosas amarillas.Tan solo a veces, el olor de un desayuno de domingo con chocolate, churros y tostadas, o el sonido de una merienda de bocata y parque, me devolvían fugazmente esa inocencia perdida y jamás recuperada. En fin, creo que vi demasiado pronto a través de aquella cerradura en el pajar, que a los niños no les trae una cigüeña ni vienen de París, oh, là, là…

NOTA: en esta ocasión he acompañado mi texto de la ilustración de mi amiga Miriam Mirlo. Ella leyó estas líneas y se inspiró… espero que os guste…

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