La abeja.

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Había una vez, una pequeña abeja que vivía en un laboratorio.

Era una abeja obrera, su trabajo consistía en recolectar flores, limpiar la colmena y cuidar de las crías. Desde bebé era lo que le habían enseñado y ordenada como era, no se planteó nada fuera de lo estipulado. Creció rodeada de otras abejas obreras que las cuidaban y enseñaban a desempeñar su trabajo lo mejor posible.

En el laboratorio tan sólo disponían de una especie de flor, pongamos que hablo de margaritas. Todas las margaritas se veían preciosas, blancos pétalos y amarillo la diana de polen, sin perdida para despistados. El trabajo era sencillo y repetitivo, durante gran tiempo de su vida se mantuvo en esa situación que no le planteaba ningún esfuerzo, pero tampoco mayor recompensa. Varias semanas estuvo notando algo diferente el ambiente, más luminoso, más dinámico, pero no cambio su rutina. El encargado del experimento había dejado abierta la compuerta de las abejas para estudiar su comportamiento. Ninguna de las abejas se salió de los limites establecidos por semanas anteriores, ninguna advirtió la apertura del cajón.

El laboratorio se situaba cerca de un gran bosque rodeado por una inmensa explanada llena de múltiples variedades de flores preciosas, de colores extraordinarios y belleza sin fin.

Nuestra abeja, distraída, un día recapacitando sobre su vida voló más alto de lo que nunca había hecho y, cuando se dio cuenta, ya estaba fuera de la jaula que la encarcelaba.

Pronto, se situó frente a la ventana que daba al hermoso bosque y la preciada libertad. De repente, se situaba frente a ella la libertad y el escapar de la rutina y a la vez de la seguridad en la que vivía. Observó una rendija abierta en la ventana y sintió que era su oportunidad, rauda y veloz salió volando fuera sin volver la vista atrás. Bajó hasta las flores más cercanas, unas y otras, todas eran preciosas y sabrosas a su parecer.

Borracha de sabores descubrió que lejos de la estabilidad de su jaula había un mundo mucho más amplio, lleno de colores y sabores, lleno de peligros también, pero que merecía la pena investigar.

Fue el momento de subir de nuevo, entrar por la rendija de la ventana del laboratorio y avisar a su colmena del mundo que le esperaba. Pocas la siguieron, convencidas de su error, continuaron en un entorno controlado, seguro y confortable. No les importaba que les esperaba fuera, sino lo que tenían dentro.

Las abejas que salieron conocieron a otras, formaron una nueva colonia y polinizaron miles de flores dando a la naturaleza nuevas posibilidades de futuro. Un futuro incierto, tal vez, pero futuro al fin. En la vida, todas somos abejas, seguimos el patrón que nos enseñan sin planteárnoslo quizás.

Cuando nos planteamos si es lo que queremos, igual pensamos que es tarde, o que estamos a tiempo. Podemos creer que lo mejor está ahí fuera de la seguridad o preferimos quedarnos en la seguridad de nuestra zona de confort.

No esperes que te diga que es bueno o malo, cada quién es libre de su elección. Lo que te aconsejo es que te plantees si el camino elegido es el correcto para tí, el que te hace sentir bien. Nunca es tarde para salir de la zona de confort, ni nunca es tarde para volver. Y si toca volver no sería un fracaso, solo una experiencia que nos enseña. Tan sólo te puedo aconsejar que permanezcas en el conocimiento, que no te cierres la puerta a un buen libro, un periódico, un curso de algo que te gusta, practicar un deporte… No te quedes en la jaula porque no sabes que hay afuera, quédate porque quieres, no porque temas. Y lee, lee muchísimo, de lo que te guste, de lo que odies, de lo que quieras pero haz que tu cerebro esté abierto a la felicidad, al amor, al desengaño, al misterio, a cualquier emoción. Y eso, amiga mía, cualquier libro te lo hace sentir sin salir de tu estabilidad.

Author: Ana B.

Si lloras por no ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas





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