La fábula.

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De la fábula nadie conocía el origen, su familia habría sido la elegida para comunicarlo de generación en generación. El mito justificaba un inefable viaje para conocer la palabra que concentraría el saber absoluto.

Emblemáticos hombres, de coraje ardiente e inteligencia distinguida, se transformaron en mártires luego de intentar localizarla en vano. Las vivencias derramadas por esos héroes, que día tras día se comentaban y exageraban en su estirpe, provocaron su obsesión por lograr el objetivo imposible.

Si algún ilustrado estaba esperando al viajero para mencionarla, si se hallaba escrita en una roca en la altura más inhabitable o si el mismísimo Dios la informaría en su dialecto, nadie podía asegurarlo. La teoría más contundente era que la humanamente inalcanzable sabiduría se encontraría en tres puntos del mundo: en una sección de una biblioteca con libros de budismo, construida por los reyes tibetanos en el siglo VIII, en la ciudad de Wenzhuan situada sobre el camino de Qinghai-Tibet; en la mirada de una de las deidades ubicadas en Orck’o Potocchi que, luego del ritual de ch’alla, daría la revelación para el que sabe mirar; o tallada en un resto fósil, ubicado en Melengübü, de algún hitita encargado de la excavación en el año 1300 a.c.

Él ya había sido castigado por la falta de oxigeno en la ciudad china, ya había aspirado las minúsculas esquirlas de silicato en las minas de Cerro Rico y había compartido con un arqueólogo el pozo de Derinkuyu. Sin embargo, ahora se encontraba de regreso a su estancia ubicada en un campo de Ushuaia.

Su familia lo vio llegar agotado y sin esperanza, y entre las miradas se entendieron sin necesidad de explicación. Parado desde la tranquera contempló el paisaje que hacía una década no apreciaba y comenzó a caminar lentamente. Cuando el antiguo sirviente de la familia lo advirtió, se acercó para abrazarlo.

-No fui capaz de encontrarla-. Le dijo el joven mientras se deshacía en consternación.


-Tal vez no la encontró porque no existe señor.

– Usted no comprende.

El mayordomo iba a continuar con sus actividades pero veía, representada en el recién llegado, la imagen de todos los antepasados que habían emprendido ese inexplicable viaje. Tuvo que interrumpirlo.

-Disculpe señor.

-¿Si?

-La utopía señor, ¿Se preguntó para qué sirve?

El joven se detuvo, vio al anciano sonreír y, entonces, entendió.

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