La ventana.

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Los primeros rayos de sol entran por la ventana, haces de luz blanca que dejan desnudas las partículas de polvo en suspensión. A Marcos le gusta juguetear con ellas, moviendo el brazo arriba y abajo provoca que el polvo cambie de dirección. Esa mañana aún no tiene el desayuno en la mesita, demasiado pronto quizás, gira su cabeza y se vuelve a dormir unos minutos más. Al despertar de nuevo, el denso batido sabor chocolate y la larga pajita sí están sobre la mesita. Un parpadeo y comienza a sonar Para Elisa de Beethoven, dos parpadeos y la cortina se abre de par en par. El día parece nublado y frío, le recorre un sentimiento de regocijo al sentirse cómodo y calentito en casa. Protegido de todo mal, como le repite Mamá cada vez que pasa por la noche a arropar su cuerpo y besar su frente. Aquellas cuatro paredes y Rosaura, le ofrecen todo cuanto pueda necesitar, todo menos la libertad que le proporcionó el mal. La gente pasea rápido, sin mirar más lejos del suelo o de sus pantallas, juntos pero no revueltos. Marcos imagina la vida de cada uno de ellos, sigue al hombre de traje azul y raya diplomática, camina haciendo ochos para no chocar con la multitud, gira de calle, cruza el paso de peatones y se pierde, irá al banco de la calle Larios. Una pareja anda discutiendo entre dientes, para no armar un escándalo y que la gente vuelva la cabeza ante esas palabras soeces. Una pelirroja despampanante se cruza en su visión y el resto de gente desaparece. Sus piernas largas subidas sobre unos tacones de aguja, el vaivén de sus caderas acompañado del movimiento de su pecho, el tirante distraído que cae desde el hombro al brazo. Deja de mirar, no puede, ahora ya no y no se encuentra con fuerza de seguir viendo sin sentir. Dos parpadeos, la cortina vuelve a su posición. Cierra los ojos y recuerda el sol sobre su piel, el roce de Aurora, su sonrisa, sus amigos, los vasos llenos y vacíos en tantas ocasiones que ni pudo contar. Una lágrima amenaza con arrastrar otras tantas y se lleva la palma de la mano para retirarla pronto. Lo último que recuerda son las luces y sonidos de la sirena de la ambulancia, el largo pasillo blanco lleno de luces blancas como las que ahora alumbran sus días y noches. Recuerda a Mamá sujetando su brazo, “te lo dije, te dije que no te convenía, te mantendré lejos del mal”. Cuatro paredes blancas, una ventana, una puerta, una mesita, un armario sin uso y una cama desgastada. La domótica que le facilita la vida sería el sueño de cualquier perezoso, pero Marcos ya esta cansado de no poder hacer nada. Dos parpadeos y las cortinas vuelven a abrir, el cielo también, no quedan restos de las nubes que lo cubrían. Es la señal que espera, el mundo se abre para él. La calle sigue llena de gente pero Marcos ya no quiere imaginar, ha decidido participar. Aprieta el botón y se incorpora para quedar sentado, coge su pantalón y lo coloca, primero una pierna, después la otra. Le falta el aliento por el esfuerzo, los brazos le fallan por unos minutos y el oxígeno parece faltarle. Sigue con su plan, no tiene fuerza, pero sí determinación, ya no es el niño de mamá, el adolescente descerebrado, ha madurado durante años en esa habitación sin más compañía que su soledad y el beso nocturno de su progenitora. El sonido del golpe se amortigua por la alfombra de lana gruesa de la que se enamoró de pequeño en la tienda de juguetes del abuelo. Tantos años y tan poco uso la mantenían intacta y en este momento le acaba de evitar muchas explicaciones. Gira sobre sí mismo y una vez boca a bajo comienza a arrastrarse avanzando hacia la ventana. Las manos le sudan y se escurre en varias ocasiones, avanza lento y logra alcanzar el alféizar. Abre la ventana y nota sobre la cara el aire fresco del otoño, puede acariciar el viento y las hojas secas que vuelan alto. Marcos quiere ser esa hoja y se deja arrastrar por el viento, pero Mamá llega a tiempo y lo salva una vez más del mal.

Author: Ana B.

Si lloras por no ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas





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