Meursault reencarnado.

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Cuando llegó al dispensario, el sanitario de guardia le preguntó el motivo de su visita: se me nubló la pensadora doctor. El enfermero sin entender respondió: no soy el médico pero necesito tomarle los datos. Pues es lo único que le puedo decir, respondío el anciano con firmeza.

El enfermero dudó seguir por ese camino vislumbrando que no lo sacaría de esa frase. Entonces dígame, qué sintió en el momento, algún mareo, un vahído, ¿llegó a perder el conocimiento?. Ya le dije, se me nubló la pensadora. Bueno, hagamos una cosa, dígame qué estaba haciendo, si estaba solo, o discutiendo con alguien…, en fin reláteme el suceso. Sí, estaba solo en el patio fijando el cuero de una lamacha joven para salarla y sí, estaba discutiendo pero en mi cabeza, como siempre lo hago; nunca tomo acciones sin antes pasarlas por mi cabeza. De pronto, tomé conciencia del porqué tuve que sacrificar a la única lamacha que me quedaba y pensé en el viajero, un tramposo, con ese aire visajoso, viéndolo a uno como quien ve lagartijas. Sentí el sol subiendo por la espalda, me agarró un ardor en la nuca, más que un ardor, un picor, justo cuando clavaba las estacas para fijar el cuero a la tierra pisada. Entonces, levanté la vista para ver de dónde venían las zancadas, y me topé con rayo de luz que me nubló la vista; que me dejó tambaleante hasta que lo veo venir con una media sonrisa retorcida dibujada en la cara, pero a medida que avanza, cambia y lo que advierto es un gesto de prepotencia; le caen goterones de sudor por la frente que parece que le nublan la mirada, porque intenta secarse los ojos con el antebrazo izquierdo levantándolo a modo de visera. Lo veo sentarse sobre un pilón que yace tumbado en el piso de tierra, descansa un  pie en el escabel que arrastró sacándomelo, empujándome por el tobillo en un descuido mio; yo sigo clavando la estaca en cada esquina del cuero y él ahí mirándome socarronamente.

-!ejem¡ !ejem¡, trató de interrumpir el enfermero- pero yo sigo con una fuerza que no es la mia, como si tuviera un caballo salvaje dentro de mi cuerpo. El enfermero emite de nuevo y discreto carraspeo, un poco para traer el relato al inicio, pero el viejo sigue como si repitiera una grabación: la escena es la misma, la intensa luz del sol sigue en el centro del inmenso cielo blanco, brillan los techos de zinc de las casas en el fondo del valle, pero esa maldita sonrisa, socarrona, se transforma en una sonora carcajada que termina en una mueca tan maligna y befa, que me llevó a clavarle la estaca en medio del pecho, no una vez sino por todas y cada una de las ofensas y tropelías que le había dejado pasar: el negar el apellido a los nietos, las cuentas mal sacadas de los cueros que se llevaba y sobre todo, la mirada, esa mirada que tiene que dice más que todas sus mañas, esa mirada que me reduce al tamaño de una lombriz, porque que se sabe poderoso, y es justo en ese momento cuando se pone todo negro, y caí  sobre el cuero salado, pero lo peor es la bola que se me hace en mitad del pecho, no saber si lo soñé, lo imaginé o si en verdad lo llegué a hacer tan vívidamente como se me plantó en el  pensamiento. Y para más desgracia, lo encontraron ahogado en la quebrada grande después de volcar la camioneta. Seguro que el aire le hizo llegar la rabia que se me desató estando bajo ese sol que hasta hoy me tiene alucinado.

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