Mortown. El último trabajo de Jimmy #3

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Jimmy subió las escaleras con cuidado, no quería hacer ruido. Sus pasos se deslizaban por los escalones con agilidad gatuna. A pesar de su porte, Jimmy sabía cómo pasar inadvertido. Sus años de peculiar servicio a la comunidad le habían convertido en un auténtico fantasma. Aferró fuerte el revólver y alcanzó con un quiebre de las escaleras el piso superior. Agudizó su oído y pudo captar unas voces de ultratumba que se escondían al fondo del oscuro pasillo, las acompañaba un gemido tenue casi apagado.

Avanzó por la planta ignorando las habitaciones que flanqueaban el pasillo y fue directo a la fuente del ruido. Lo que encontró le causó una profunda repulsión. Dos yonquis estaban forzando a una niña bajo la tenue luz de una lámpara. La pequeña tenía los ojos vendados y una mordaza oprimía sus gritos hasta convertirlos en débiles quejidos suplicantes. Sus manos estaban atadas a un cabecero y se retorcía desnuda sobre un colchón mohoso. Jimmy no pudo mirar fijamente aquella escena. Una arcada se hizo presente en su estómago. Tenía trabajo que hacer.

Uno de los hombres descansaba en una silla de madera preparando otro chute y el otro empotraba violentamente a la niña. Jimmy agarró del cuello al primero, y lo levantó de la silla a plomo con una mano « Mi revólver es más pesado que esta escoria» pensó. Apretó su garganta hasta que sonó un crujido atronador, no le dio tiempo ni a procesar lo que estaba sucediendo, murió con incredulidad en su rostro, pero su amigo no correría la misma suerte. Lo dejó caer de nuevo sobre la silla, « Espero que en el infierno tengan un asiento especial para ti, hijo de puta». El otro ni se percató de la muerte de su compañero y continuaba su asquerosa faena. Jimmy agarró al drogadicto y lo empujó contra la pared más cercana, sacó su amigo de metal y empezó a golpearlo con la culata en la frente. La sangre empapó un rostro de rabia mientras que el yonqui suplicaba el perdón. No paró de aporrear el pálido rostro hasta ver una diminuta parte de cerebro reseco. Incluso después de muerto, sus labios aún dibujaban un “Lo siento”. Cayó como un saco de huesos al suelo. Esos hombres ya estaban condenados antes de la llegada de Jimmy, el exterminador solo aceleró lo inevitable.

– Espero que hayáis aprovechado vuestro último polvo, cabronazos – dijo guardando el arma en el pantalón. Se acercó a la niña y la desató de sus ataduras, le quitó la venda y le puso su chaqueta de cuero por encima. Sus ojos estaban secos de llorar. – Ya estás a salvo. – No contestó.

Cuando la acercó a la luz de la lámpara para reconocerla, un escalofrío recorrió su espina dorsal. Era la niña del dosier. El objetivo que debía matar.

Author: Stonergëk

Que la inspiración te pille despierto.





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