¡No entres en el bosque!

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– ¡No entres en el bosque!

La voz parecía surgir del interior de uno de esos árboles.

– ¡No entres en el bosque!

El hombre no quiso, o no pudo, escuchar la voz y penetró en el bosque.

Entonces, ocurrió todo. Comenzaron a pesarle las piernas, tanto, que llegó un momento que no pudo caminar más. Temblando, bajó la mirada y contempló, con horror, que se había convertido en una enorme raíz que hundía sus dedos en el suelo. El cuerpo comenzó a transformarse, lentamente y, ante su desesperación, en un enorme tronco de árbol, seco y nudoso, poblado de musgo que lo elevaba a la altura de los demás compañeros. Abrió sus brazos mientras gritaba y éstos se convirtieron en ramas de las que surgieron miles de hojas. Se había convertido en un árbol más de aquel lugar.

Pasó un día, o quizás un año, tal vez un siglo, cuando observó, desde su copa, la figura de un hombrecito acercarse hacia el bosque.

– ¡No entres en el bosque! – Gritó con toda la fuerza que su savia interior le permitía.

– ¡No entres en el bosque!

Pero el hombrecillo era algo sordo, o tal vez no quiso escucharle. Y entró en el bosque.

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