Rebelión. La luz de Naira.

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos, promedio: 4,00 de 5)
Cargando...

Capítulo 1

La primera vez que mis manos se llenaron de sangre, muerte y desesperación tenía diez años.

En aquel entonces, ni siquiera sabía qué era la guerra o qué significaba rebelarse contra un reino o contra un continente. Ni tampoco era consciente en aquel momento de mi niñez de la envergadura que tuvo ese desastroso acontecimiento; el de la muerte de mi amo.

Por desgracia, aun hoy en día, recuerdo aquella terrible noche como si fuera ayer.

Era la segunda vez esta tarde que el malnacido había hecho que me sangrara la nariz al intentar detenerlo cuando se llevaba a Lizzy hacia sus aposentos. Lo veía hacerlo cada día, sin contemplaciones; la agarraba del brazo con toda la fuerza del mundo y la arrastraba hacia allí entre súplicas. Y yo me sentía impotente al no poder abrir la puerta de ese oscuro dormitorio para detenerle. Sabía que ella sufría como nunca allí dentro. Gritaba de dolor y la oía sollozar. Eso me hervía la sangre hasta límites incontrolables.

Yo la quería.

Amaba a Lizzy como si fuera una hermana mayor que me protegía contra viento y marea, sobre todo, desde que ese hombre decidió que yo era lo suficientemente útil en aquella casa como para marcarme a fuego ese círculo con varias puntas en el omoplato derecho. La marca de la esclavitud. Desde entonces, Lizzy me había cuidado. Me había enseñado a leer y a escribir. Me había dado a conocer todo lo que sabía sobre el mundo, sobre los Dioses, los espíritus. Había aprendido modales, a ser educada y respetuosa, pero también me enseñó como era nuestra vida, qué ideales debíamos de abanderar. Supe desde que era una niña que todo lo que nos hacían, todo ese sufrimiento innecesario, estaba mal y que alguien debía detenerlo. Ella tenía la esperanza de que, algún día, el dolor del más débil, la es-

clavitud, el odio, la desigualdad, todo eso fuese un mal sueño más.

A pesar de ese calvario, Lizzy era feliz. Tenía sus momentos de “libertad” cuando iba al mercado acompañada de la dueña de aquella casa que parecía obviar cada una de las cosas que le hacía el que decía llamarse su marido. Era extraño verla sonreír en esos instantes que ella consideraba pacíficos. A veces, me preguntaba si realmente no había perdido el juicio en algún momento tras esa tortura persiguiéndola cada día.

Como esa noche que, sin duda, fue la peor de todas.

—No, por favor. —La oí decir con esa voz temblorosa y frágil, que ponía a esas alturas en aquellos casos—. Por favor, déjeme. —Él la sujetó de la muñeca y la levantó del asiento en mitad de la cena bajo la atenta y asustada mirada de todos los presentes. De repente, comenzó a tirar de su mano para sacarla de allí.

Y nadie hacía nada.

Observé durante unos segundos lo que ocurría hasta que vi cómo Lizzy empezó a resistirse una vez más sin conseguir nada que no fuese una buena bofetada en la mejilla. Y, en ese momento, sin poder aguantarlo más, furiosa, me levanté de mi asiento a pesar de que una de las doncellas quiso retenerme para que la situación no fuese a peor. Intenté lastimar a aquel hombre, pero antes de que pudiese alcanzarle me dio un fuerte golpe en la nariz haciéndome sangrar. Noté como me mareaba del porrazo y cómo caía al suelo medio inconsciente.

Le odiaba. Le odiaba con todo mí ser.

Así que, esa noche, decidí no soportar más aquel trato inhumano. Cuan- do pude recuperarme y liberarme de mis cadenas, me las ingenié para abrir la puerta de aquella habitación. Era tarde. De madrugada. Alcé mi pequeña mano contra ese hombre que me pegaba y humillaba a diario y que le había hecho un daño insufrible a mi amiga. Envolví su rostro en una especie de burbuja mágica llena de agua, despertándole de su sueño y, concentrándome lo suficiente, lo ahogué.

Vi como sus ojos me miraban desesperados antes de perder por completo su brillo. La consciencia. Sonreí satisfecha de mi hazaña.

Era poderosa. Muchos lo sabían y, por eso, me habían reprimido con aquel metal especial llamado Kirindor, con el que nos encadenaban a los más peligrosos, a los pocos que usaban la magia como yo. Muchos decían que los Dioses se reencarnaban en los magos como nosotros. Quizás fuese cierto, o solo un cuento más, nadie lo sabía con certeza, pero yo usaba la magia a mi antojo, cuando podía liberarme de esas dichosas cadenas.

Nada más acabar mi gran misión, aliviada, volví a colocarme esas ca- denas que oprimían mis muñecas para que nadie sospechara.

Esa noche fue la última que dormí francamente bien.

Porque a la mañana siguiente, cuando toda la casa despertó, mi esperanza de ser libres, por aquello de no tener un amo al que obedecer, se desvaneció. Al encontrar a su marido muerto en su cama, la señora de la casa buscó a Lizzy y la sacó de su dormitorio agarrándola del pelo. Pude oír sus gritos de dolor, cómo se quejaba.

Los demás salieron de sus cubículos asustados y amedrentados. Bueno, todos no. Tal vez solo la gran mayoría que parecía gustarles ver como se llevaban a alguien hacia un destino cruel y macabro. Yo también salí de mi pequeño cuadrado y, cuando vi cómo se alejaban por el pasillo, me temí lo peor. Intenté correr, pero una de las mujeres me agarró de la muñeca. Forcejeé con todas mis fuerzas hasta que pude soltarme.

Sin saber cómo, las seguí hasta la puerta de atrás que daba al bosque. Estaba desesperada y asustada. ¿Cómo había podido llevar a Lizzy a aquella situación cuando yo era la causante de la muerte de nuestro amo?

—¿Qué haces aquí niña? —De repente, oí tras de mí una voz. La voz de un hombre, más bien un muchacho, que parecía desprender una ira so- brenatural a cada paso que daba. Y mi valentía, innata, se esfumó. En aquel instante, me acobardé como un animal con el rabo entre las piernas, agaché la cabeza sintiéndome muy pequeñita y me retiré un tanto de su camino. Si su padre era temible, ese muchacho era mucho peor con nosotros. — Vuelve a entrar sucia y despreciable rata—. Me dijo sin más, avanzando a grandes zancadas hacia donde su madre y algunos parientes más estaban.

Sabía quién era. Era el hijo mayor de nuestro amo; Kyros.

Lizzy estaba tirada en el suelo. Lloraba sin comprender qué estaba pa- sando. Me temí lo peor. Sobre todo, cuando Kyros alzó la punta de la flecha de su ballesta contra ella. La peli naranja abrió los ojos de par en par, al igual que lo hice yo. Ella no podía morir por mi culpa. No podía hacerlo. Sabía lo que iba a pasar, pero no sabía cómo detenerlo. Era una simple niña.

¿Qué debía hacer?

—Levántate —Escuché la voz prominente de aquel hombre. Lizzy, temblando, obedeció. Y, en ese instante, me quité las cadenas de mis muñecas como pude. Algo tenía que hacer. Tal vez, si utilizaba mi magia…

Pero en ese momento, vi como Lizzy se había percatado de mi presencia. Abrió los ojos de par en par al verme, pero, sobre todo, sabiendo lo que tenía la intención de hacer. Negó con el rostro, aterrada, y leí como sus labios pronunciaban en un susurro una palabra clara: “Huye”.

—Corre —Anunció Kyros apuntando con el arma a mi amiga, a mi hermana. Sentí cómo las lágrimas se amontonaban en mis ojos.

Por mi culpa ella iba a morir y yo no podía hacer nada.

—¡¡¿A qué estás esperando?!! ¡¡Eres libre ahora!! ¡Puedes marcharte! —Alzó la voz, furioso. Vi a Lizzy sonreírme por última vez antes de volverse sobre sus pies. Yo avancé dos pasos hacia ella, pero me detuve cuando la observé cómo empezaba a correr con desesperación, muerta de miedo. En ese preciso instante, Kyros le disparó una flecha en la pierna derecha.

Noté cómo se me encogía el corazón.

—No… —susurré. Las lágrimas se desprendieron de mis ojos.

Lizzy seguía caminando a duras penas cuando vi cómo ese tirano le disparaba una flecha más en el abdomen. El dolor de mi corazón pasó a mi estómago. Sentí unas tremendas ganas de vomitar. Sobre todo, cuando disparó otra rápida flecha antes de que cayese contra el suelo y que dio de lleno en su garganta.

Las lágrimas se desprendieron de mis ojos. Dolorosas. Impotentes. Derrotadas. Furiosas. Tenía ganas de asesinar a aquel tipo que había matado a mi amiga sin compasión. Sin piedad. Pero la mirada de Lizzy y ese tono de voz que me había dedicado justo antes de irse para siempre de ese mundo cruel y despiadado, ese que la había tratado tan mal, se apoderó de mi mente.

“Huye…”

Y, con todo el dolor de mi alma, me escondí cerca de aquella puerta, hasta que los dueños se adentraran de nuevo en el interior de la enorme casa, imaginé que para poner firmes a los esclavos que se habían quedado allí. Ese día sería horrible para ellos. Sin querer imaginármelo, permanecí agazapada hasta que vi a uno de los hombres de confianza de la familia, y a un par más, abrir la puerta con la intención de deshacerse del cadáver de Lizzy.

En ese instante, ávida, diestra y todavía sin dejar de llorar, como la niña que era, salí por aquella puerta de hierro inquebrantable. Y empecé a correr. Corrí con todas las fuerzas que mis pies descalzos y ennegrecidos me permitían.

Era otoño en Isgard. Tenía frío, pero, aun así, no dejé de correr sin mirar atrás.

Recuerdo que las siguientes tres semanas las pasé en aquel bosque frondoso que Lizzy me había contado que se llamaba Eldar. Sabía que, si regresaba a la ciudad y ese monstruo me encontraba, habría hecho todo aquello en vano. Así que, simplemente, esperé con paciencia a que el mundo se olvidara de mí. Posiblemente, eso fue fácil para ellos. Yo solo era una esclava que había conseguido una improvisada y exitosa libertad a base de un enorme vacío en el corazón.

Durante aquellos días, para sobrevivir, busqué un pequeño refugio en- tre las rocas. Como una especie de cueva. Comía la fruta de los árboles.

Aprendí a cazar pequeños animales, a pescar peces. Incluso, fui capaz de

empezar a controlar mejor mi poder. La magia que fluía en mí.

Hasta que un día, justo cuando hacía un mes allí, aquel lugar alejado de la mano de los Dioses, oí el gruñido de alguna bestia que, asustada, corría por salvar su vida, posiblemente, de algún vil cazador de seres mágicos que habitarían aquellos bosques, aunque, yo no había visto jamás a ninguno. Salí a la intemperie intentando abrigarme del gélido frío con una manta raída que había encontrado en medio de la nada. Esa noche había nevado por primera vez. El paisaje era, sin duda, hermoso. Era normal en Isgard. Vivíamos en unas enormes islas al norte de nuestro continente, según había aprendido. Y, en el norte, las temperaturas siempre propiciaban más de una nevada espesa a lo largo del año, incluso en verano.

Busqué de dónde provenían los aullidos de dolor y anduve hasta ese lugar donde comencé a sentir una especie de extraña y antigua magia. Cu- riosa, como siempre había sido, me acerqué sin miedo hacia ese prado llano entre los árboles.

Y allí lo vi por primera vez.

Era un cachorro. Un pequeño tigre gris perlado con los ojos azules como el más profundo de los océanos. Estaba asustado, atemorizado y mordía el hierro intentando liberarse de su prisión. En su escapada, se le había clavado un cepo en pata derecha. Un artilugio, sin duda, hecho por obra de Jack, el torturador de los Dioses del infierno, para cazar a animales sin piedad. Me miró enfadado y gruñó cuando me acerqué a él un poco más.

Había empezado a nevar de nuevo.

—Shhh… —Me agaché a su lado. —Tranquilo. No voy a hacerte nada… —Susurré y él pareció calmarse un tanto cuando vio cómo mis pequeñas manos aprisionaban el metal e intentaban abrir el cepo para que pudiese escapar.

Sin embargo, justo en ese momento, más cerca de lo que creía, oí la voz de aquellos cazadores aproximándose.

—¡Lo he visto por aquí! —Gritó uno de ellos e intenté darme aún más prisa. Incluso sentí como la sangre empezó a fluir por mis desdichadas manos al notar algunos gruesos pinchos clavarse en ellas. El pequeño tigre observaba inquieto mis acciones hasta que, por fin, pude liberarlo.

—¡Vete vamos! —Le insté cuando observé que había conseguido caminar un poco a pesar de la pata herida que llevaba. Sin embargo, en ese instante, una flecha salió volando desde uno de los matorrales hacia nosotros.

La percibí con una rapidez abrumadora y, antes de que pudiera alcanzarnos, alcé mi mano y creé una barrera de agua que, al instante, se congeló deteniendo aquella flecha y todas las demás.

—¡¿Qué cojones es eso?! —Oí a uno alzar la voz, mosqueado.

—¡¿Es una niña con magia?! —preguntó otro impresionado.

—En medio de un maldito bosque, ¿cómo va a ser eso posible? —inquirió uno más atónito.

Sentí, de repente, cómo se acercaban. No podía verlos, pero oía claramente sus pasos sobre la nieve.

—¡Vamos, márchate ya! —Me puse de pie frente a él. El pequeño animal frunció el ceño adelantándose hacia mí un par de pasos con la firme intención de ayudarme, pero, estaba demasiado herido como para hacer algo así. Por eso, comenzó a caminar con más o menos velocidad en la dirección contraria dejando un rastro de sangre sobre la nieve.

—¡Va por allí! —Dijo uno de los cazadores saliendo del seto en el que se escondía. Le apuntó con su ballesta, sin embargo, creé una fuerte ola de agua de mis manos que se dirigieron hacia él y le estamparon de un fuerte empujón contra un enorme árbol. Al momento, cayó inconsciente con una fea brecha en la cabeza. Posiblemente, le costaría trabajo volver a moverse alguna vez más.

—¡¿Qué demonios ha sido eso?! —Soltó otro de ellos apareciendo por mi retaguardia. Oí el filo de un hacha alzarse contra mí—. ¿Qué hace una niña con ese tipo de poder sola en un bosque como este…? —Su siniestra voz me impactó.

Por un momento, recordé aquel tono grave y horripilante de Kyros antes de matar a Lizzy. Mi furia se encendió. Me giré rápidamente, coloqué las manos sobre el suelo y envolví a ese hombre de mirada perversa en una capa de agua congelada, tanto, que al momento se heló. Había descubierto hace poco que controlar a mi antojo la temperatura del agua de mi poder era una ventaja impresionante. Con un par de proyectiles, que salieron de mi dedo índice con una velocidad sobrenatural, rompí la prisión de hielo acabando también con la vida de aquel segundo hombre.

Y, entonces, mis ojos verdes entrecerrados llenos de ira, se dirigieron hacia el tercero que me apuntaba con su arco temblando de pies a cabeza. Fruncí el ceño. Esos tipos eran unos abusones y yo estaba muy enfadada.

—¡Márchate! —Vociferé volviendo a colocar mis manos desnudas sobre la fría nieve. El cazador dio dos pasos hacia atrás—. ¡¡¡Ahora!!! —Mi tono se alzó sobre el silencio del bosque y el hombre echó a correr completamente asustado cuando notó que la nieve bajo el suelo de sus pies empezaba a moverse y a levantarse como si la fuerza de la gravedad hubiese dejado de existir sobre ella.

Y así fue como ya tenía a tres víctimas mortales más en mi historial con tan solo diez años de vida.

Suspiré intentando calmar mis emociones. Sabía que tenía que empezar a gestionar un poco mejor mi ira si no quería convertirme en una de esas personas a las que odiaba. Noté como mis músculos se relajaban y, en ese momento, alcé mis esferas verdes hacia el lugar por el que el tigre perlado había intentado huir. Con paso firme, seguí ese rastro de sangre sobre la nieve hasta que di con él. El pobre animal, posiblemente mágico, se había echado sobre la nieve agotado del esfuerzo. Respiraba con dificultad. Rápidamente me acerqué a él y examiné aquel agujero. Era terriblemente profundo. Sabía que, si se le infectaba, no podría hacer nada por sobrevivir.

Así que lo acogí entre mis brazos y lo llevé hacia el lugar en el que me escondía y que hacía poco había empezado a llamar el “refugio”.

Una vez allí, encendí una pequeña lumbre con los troncos secos que conservaba y lo acerqué a ella. Si me daba prisa, podía conseguir las hierbas necesarias que podían calmarle el dolor antes de que la nieve acaparara por completo el terreno y ya no se viera absolutamente nada bajo ella.

Tardé exactamente tres horas en conseguir todo lo que necesitaba y, cuando regresé, sentí un alivio enorme sobre mi pecho al comprobar que aquel bonito animal seguía vivo. Le limpié la herida con mi magia, cogí todas las hojas y raíces menos una, las machaqué con una piedra y apliqué el ungüento sobre la herida. El pobre… ni siquiera se quejó. Después de eso, le coloqué alrededor la hoja más grande.

Lizzy me había enseñado a hacer cosas impresionantes. Sonreí al pensar que estaría sin duda completamente orgullosa de mí allá en el templo de los Dioses.

Y, a partir de ese momento, esperé.

Una noche. Dos. Tres. Y al cuarto día, cuando regresé con algo de fruta para desayunar que había encontrado entre los árboles, el tigre ya no estaba. Eso me alarmó. Salí a toda prisa a buscarlo por todos los lados que conocía, pero no fui capaz de encontrarle por ninguna parte. Rendida, al ocaso, regresé al refugio y, esta vez, fui yo la que aguardó.

Y así, cuando ya casi me había olvidado del asunto, una semana más tarde, mientras caminaba con algo de leña seca que había encontrado, vi cómo el animal se acercaba a mí caminando con total tranquilidad.

Sonreí.

—¡Estás bien! —Me alegraba realmente que eso fuese así. El pequeño tigre, blanco como la nieve, se acercó a mis pies y me pareció que me hacía una pequeña reverencia. Yo asentí orgullosa de que la curación hubiese ido a las mil maravillas. Entonces, caminó alrededor de mis piernas y se colocó justo detrás dándome un pequeño cabezazo sobre ellas para que avanzase. Parecía que quería que le siguiera hacia algún tipo de lugar—. ¿Quieres que te acompañe a algún sitio? —Le pregunté agachándome a su lado. Él soltó un rugido poco amenazante en señal de aprobación.

Así que simplemente le seguí.

Caminamos durante horas hasta llegar a lo más profundo del bosque que parecía despejarse de nieve a cada paso que daba. Podía sentir la magia fluir por cada árbol y cada resquicio de aquellos lares. Era como estar en un mundo cálido, sin dolor, completamente diferente.

El tigre se detuvo delante de mí y volvió a rugir queriendo decir algo.

—¿Qué ocurre? —Entrecerré los ojos y, en ese momento, los alcé ha- cia el lugar al que él miraba lleno de tristeza.

Allí, sobre la fina hierba verde, yacía una enorme tigresa gris perlada, al borde de la muerte. Era gigantesca. Nunca había visto a un animal tan grande. Me acerqué lentamente, sin miedo, hacia su pelaje. Alcé una mano y la toqué. Era suave, sedoso y envolvente. Si hubiese sido una niña traviesa me habría lanzado encima de ella como si fuera una cama agradable y blandita, pero me contuve.

El pequeño tigre le acarició con la cabeza, lleno de tristeza, y entonces comprendí que, aquel ser especial, era su madre.

Volteé a verla con más claridad de frente. Era simplemente una estampa impresionante. Se decía, o las leyendas de Isgard contaban, que el símbolo de nuestro pueblo era un felino enorme y salvaje llamado Tisha que vivía en las profundidades del bosque de Eldar y que era capaz de matar a un ejército entero, de ahuyentar a un mago oscuro o, incluso, de vencer a la mismísima muerte con una sola mirada.

Pero no era una leyenda. Ese ser sagrado e imponente estaba allí. Era real. Y, por desgracia, esperaba paciente a la muerte. Supe entonces que lo que quería su hijo era que, simplemente, tal y como había hecho con él, salvase la vida de su madre.

—Me temo que no puedo hacer nada. —Le susurré agachándome a su lado—. Lo siento. —Le dediqué una mirada llena de pena y comprensión. El animal soltó un sollozo y se acurrucó entre el pelaje de su madre.

Examiné a la enorme tigresa por entero, pero no di con ninguna herida. Parecía que su dolor emanaba de su interior. Había un aura de oscuridad dentro de su pecho. Posiblemente de algún ser oscuro y temible que quería acabar con Isgard. Conquistarla. Dominarla. Lo sabía porque, al tocar el pequeño colgante que llevaba al cuello con una diminuta perla transparente en su interior, me di cuenta de que poco a poco iba perdiendo su brillo. La gran y antigua Tisha se estaba quedando sin magia. Alguien le había arre- batado su poder de proteger aquellas tierras.

Sin embargo, a pesar de todos mis esfuerzos por lidiar con aquel problema, no fui capaz de hacer nada otra vez. Mi impotencia ante las injusticias crecía a medida que avanzaba mi camino. Era un completo desastre. Fracasaba una y otra vez sin que se me ocurriese una buena idea para solucionar todos los conflictos del mundo o al menos intentar hacer algo por las personas que amaba.

En aquel instante no lo comprendía, pero ahora, sé que lo que me hacía falta en ese momento era, crecer, madurar.

Así que, al quinto día de cuidados intensivos y de intentar paliar de alguna forma el dolor de ese ser legendario, la magia de aquel lugar del bosque, murió. Vi cómo se desvanecía la belleza de cada uno de sus rincones y cómo la nieve empezaba a caer también en aquel místico lugar. No pude evitar llorar otra vez. Como hacía casi dos meses cuando ese hombre había matado a Lizzy ante mis ojos.

Desesperada. Desconsolada. Asustada.

—Mierda…, maldita sea… No soy lo suficientemente fuerte… —farfullé intentando apartar las lágrimas de mis ojos.

En ese preciso momento, noté como el cachorro, su hijo, apoyaba el mentón sobre mi rodilla entristecido. Yo le acaricié el pelaje dejando de llorar, sorbiéndome la nariz.

Y tomé la mayor decisión de mi vida. Sin querer, ese mismo día mar- qué mi destino a fuego sobre la Tierra como la marca de la esclavitud que me presionaba la espalda.

—Voy a protegerte —pronuncié decidida. —De aquí en adelante prometo cuidarte y quererte con toda mi alma y te juro que acabaremos con todos. Con cada uno de uno de esos seres que nos han hecho tanto daño. Que nos han arrebatado a nuestra familia, a nuestros amigos. Liberaré a cada hombre, mujer y niño de su sufrimiento. Preservaré a mi pueblo por encima de cualquier poder oscuro. Algún día volveré a este lugar mucho más fuerte, con el mayor ejército que el mundo habrá visto —me incorporé y toqué por última vez el pelaje frío del cuerpo inerte de Tisha—, y…, venceré… —comencé a envolver de agua congelada cada parte de su gigantesca figura para preservarla eternamente en aquel bello lugar— ¿Me acompañarás? —El cachorro soltó uno de sus rugidos poco amenazantes pero seguros.

Sonreí.

—Me llamo Nerumi —confesé por primera vez después de años sin pronunciar un nombre prácticamente olvidado para mí misma—. Y a ti te llamaré Byakko…

Sara B. Green

Continuará en el capítulo 2 de la novela: “Rebelión. La luz de Naira.”

Author: Sara B. Green

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.”





1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos, promedio: 4,00 de 5)
Cargando...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *