Recuerdos gratos.

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El hombre estaba sentado en la plaza de los Caballeros. Ya nadie en Stellia la llamaba así desde que los reyes y su régimen hubiesen sido derrocados hacía largo tiempo, pero aquel hombre era ya un anciano y con la sosegada obstinación que proporciona la vejez consideraba que estaba en su derecho de llamar a la plaza por el nombre que más le gustase.

Se hallaba como digo, en la plaza, protegido del sol de mediodía por las vigorosas ramas de un anciano roble procedente de los Valles Verdes, una tierra lejana y agreste del Norte de la que se contaban infinidad de maravillas y donde uno aún podía ver cosas sorprendentes en aquel mundo donde las leyendas tenían cada vez menos espacio. Él lo sabía, en sus tiempos había viajado hasta allí y a muchos otros sitios. Había luchado, había robado, había hecho el bien y también el mal, había compartido su lecho con infinidad de mujeres (hasta una reina del Mar de la Seda) pero solo había amado de verdad a una mujer, su Valery, apenas habían compartido un beso cuando él era un escritor que vagaba por los caminos ,pero todos los días de su larga vida había recordado ese beso y a la mujer que se lo dio.

Mientras estos pensamientos le hacían suspirar, sus cansados ojos creyeron verla acercándose desde el otro extremo de la plaza . Con el andar seguro, una amplia sonrisa, la melena cobriza cayendo sobre sus hombros, la figura perfecta y aquellos ojos… Esa mirada cuyo recuerdo le diera fuerzas en tantas ocasiones hizo que agarrase con fuerza el puño de su bastón ” No puede ser, me estoy volviendo loco” murmuró para sí.

Ajena a su batalla interna, la joven se se sentó en el banco, cerca de él, e incluso su perfume le trajo a la mente la imagen de su amor.

– Que la Madre te bendiga, hija- dijo saludándola como solían hacerlo los Igni en los tiempos antiguos, como para convencerse de que no podía ser ella.

– Y a usted señor ¿Ha vivido entre los de mi raza ?- preguntó con tierna curiosidad como se haría con un abuelo.

– Sí, un tiempo, mi gran amor era de los tuyos, se llamaba Valery, al verte me trajiste a la mente su recuerdo. Te pareces tanto a ella que he estado a punto de correr a tu encuentro y besarte- la muchacha se sonrojó.

– Vaya… debió de ser una bonita historia la suya- el anciano suspiró abatido.

– Sí, pero demasiado corta para mi desgracia, tuve miedo de lo que podría pasar y nos separamos dejando tantas cosas por decir que…- una lágrima resbaló por su mejilla.

– Comprendo- dijo la muchacha con gesto grave.

– Te doy las gracias, joven, por un momento volví a sentirme pleno, qué gratos son los recuerdos – se levantó y se fue apoyándose en su bastón para que ella no le viese limpiarse las lágrimas.

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