Febrero Aventurado.

Mis ojos hinchados de acecho, sin disimulo iban pegados a su paquete, posó su vista sobre mi camisa blanca de oferta de retail que llevaba los botones abiertos. Mi pecho le habló de males dejando estilar un sudor infernal sobre un bronceado perfecto que conseguí con la meta de lucirlo aquel febrero en el metro. Le insinué bajar con una seña, la misma que le hice a todos los depravados anteriores que quise conquistar ese verano, se había convertido en la clave perfecta para esta cofradía maldita. Éste aceptó fácil, igual que los tres del día anterior, bajamos en la estación Santa Lucía, para mí una costumbre, treinta y siete escalones hasta llegar a la luz. Algo nuevo esa tarde endiablada, un jipi de rulos sebosos relleno de colores cantando “Armonía de amor” en un parlante reventado por esa voz de auxilio. Pensé en mi radar de perversión, en cómo se ajustaba y se volvía cada vez más fino mientras seguíamos caminando en silencio, pensé en los códigos creados que me hacían más fácil la tarea de atrapar a mi corrompido en medio de esa masa gris, en lo sórdido y romántico que me parecía ese acto tan simple e imprudente. Dos cuadras hasta llegar a mi edificio, a mi nido negro y clandestino. El ascensor estaba solitario, él y yo, y nuevamente esas paredes platinadas eran cómplices de mis insolencias. Me arrodillé, el piso del ascensor es lo único que recuerdo frío de ese febrero aventurado, antes de llegar al séptimo piso él ya había acabado, lo hizo parar en el octavo mientras se acomodaba un horrible short cuadrillé. Pensé que podría haber sido mi hijo, que no tenía experiencia, vi su cara de arrepentimiento en el final. Sentí comodidad en ese pequeño infierno. Lo guardé como una foto más para enmarcar en mi pared oscura. Lo vi correr por las escaleras de emergencia, se dio vuelta antes de que se cerraran las puertas grises, su mirada habitaba diferente esta vez, pensé que ese short solo podría usarse un domingo por la mañana para cortar un pasto que ya parece abandonado. 

Me quité la camisa, bebí uno, dos…tres vasos de agua, sentí una sed impura, abrí la llave con fuerza y me mojé el pelo, algo parecía arder dentro de mi cabeza. Me acerqué al ventanal impecable, lo vi alejarse con rapidez, el cuadrillé corriendo en dirección a la Iglesia San Francisco. Prendí un cigarro mientras llamé a mi mujer para preguntarle por la marca de la comida del perro, comida que debí comprar el día anterior y no alcancé porque el tercer enviciado de la tarde que cayó en mis malas prácticas, resultó ser un tremendo semental. 

Tomé una larga ducha solo de agua fría, nada de jabón. Fui por el alimento de Boby y volví al metro con la misma camisa, esta vez abierta un botón más abajo, aún quedaban dos horas para que cerrara. 

megustacontarhistorias
Author: @megustacontarhistorias

Escribo frases y microrrelatos que tengo que sacar de mi cabeza.





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