Otra oportunidad.

Reía sin parar, escuchando las anécdotas de mis amigos, reunidos por ocasión. De pronto una fuerte y extraña brisa me arrebato de ellos sin poder evitarlo. Los vi empequeñecer a medida que me alejaba en aquel raro fenómeno. Comencé a rebotar suavemente de una nube a otra, en un cielo limpio y fresco dónde el sol era suave. Podía ver el mundo en su totalidad, abarcarlo todo, absolutamente todo desde allí. Lo extraño es, que era un mundo inhabitado, libre de seres humanos, dónde predominaba el verdor de las montañas y el colorido de muchas aves que hacían tono con la variedad de frutas y vegetales frescos ,exquisitos que existía de los cuales se alimentaban toda clase de animal cuadrúpedo, alado, acuático y rastrero que existiese. Me emocioné muchísimo y di gracias a Dios por todo aquello, mientras seguía rebotando de un lado a otro del mundo contemplando los magníficos, glaciares, desiertos, mares, ríos, cascadas gigantescas, paisajes infinitos, llanuras eternas y un sin fin de maravillas que me tenían con la boca abierta, estupefacto, feliz. Más sin embargo, me preguntaba. ¿Dónde estaban las ciudades, con todos sus millones de habitantes?.

De pronto! Una pequeña mancha oscura, espesa, como de aceite, empezó a extenderse en distintas partes de la tierra, parecía algo gelatinoso, como un hongo negro, voraz, que iba consumiendo todo a su paso. Sentí angustia, tristeza y temor. Los rebotes me llevaban abajo, en una caída vertiginosa en los que creía, sería consumido por el hongo, pero de la misma forma volvía a ascender salvándome de ser devorado por aquella peste. Un gran rebote me llevo hasta los confines de los mares dónde de pronto fui introducido dentro una inmensa y gigantesca caja de gruesa y carcomida madera que flotaba sobre las aguas, que entraba en oleadas por algunos escuetos, llegando casi a mi cuello, amenazando el picado mar con hundir aquella especie de embarcación . Entonces escuché que alguien cantaba, yo no entendía lo que decía, pero la voz era angelical, tranquilizadora, relajante. El mar se calmo descendiendo el nivel del agua y el barco quedó flotando suavemente al murmullo suave de aquella voz. Camine entre escuetas y altísimas paredes que algunas fueron divisorias de gigantescos cuartos en los que ahora no había nada que tuviese valor, tan solo herrumbre y escombros.

De pronto. Encontré al dueño de aquella dulce voz . Era un anciano decrépito, macilento y encorvado, al cual se le podían contar los huesos de su cuerpo semidesnudo, tan solo cubierto por un taparrabos percudido que alguna vez fue blanco. Su piel era fina y arrugada, tenía bigote y una larga barba blanca cayendo a su escuálido pecho; daba la sensación de tener la edad del universo y la sabiduría de los tiempos eternos. Con sus esqueléticas manos, giraba a un lado y otro aquella especie de timón que más bien parecía el mango de un viejo molino, tuve un sobresalto al notar que aquel no tenía ningún mecanismo y que en realidad estábamos a la deriva. -Ji Ji Ji río el anciano sin dejar de cantar mostrando sus negruzcas encías y entonces me miró con sus ojos serenos y entendí unas pocas palabras de lo que cantaba…» No tengas miedo de la tempestad» Ji Ji Ji volvió a reír. En aquel instante el ruido de muchas aguas me aterrorizó y a través de un escueto vi que íbamos sin remedio hacia la más gigantesca catarata jamás vista, era un hueco profundo por dónde se vaciaba a la mar; un hueco, causado por aquel hongo negro, por aquella peste que lo exterminaba todo.

El anciano seguía cantando, mientras yo temeroso pregunte. ¿Y la humanidad?

El anciano me miró profundamente antes de responder con aquella voz que reconfortaba, aun en aquel momento de temor .

– La humanidad se perdió hace mucho tiempo y termino por consumir la tierra. Levanto su huesuda mano y me dijo: señalando ¡Mira!

Miles de miniaturas escarchas doradas flotaban en el aire por todas partes algunas se pegaban a mi cuerpo, entonces noté que eran de oro, oro puro.

La voz del anciano se dejó escuchar de nuevo… Una obra aquí, otra obra allá, un poco de fe y mucha piedad ,sin perder la humanidad.

Caímos al vacío sin remedio, me aferre a una carcomida tabla con la angustia de perecer.

-ji Ji Ji ,Ji Ji Ji reía el anciano sin parar. ¡Mira! ¡Mira!

Las escarchas doradas se habían convertido en un suave remolino que hacían flotar la vieji… ¡Ohh! era de oro ! Toda la embarcación era de oro, de finos cortinajes, alfombras y terciopelo.

El Anciano se acercó a mi, seguía teniendo aquel aspecto. Puso su mano derecha sobre mi pecho, y me dijo con aquella voz. No temas, yo tengo las llaves de tu corazón.

Desperté llorando de felicidad y de angustia.

«Ser más humano es la mejor religión, es nuestra única esperanza».

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