Prólogo. Hilos de Luna y Sangre

Al principio no había nada.

     El universo era un diminuto cúmulo de tierra, aire y agua, digno de una inefable evolución. Ellos lo sabían. Y así, aceptando crear un destino único, el Sol se convirtió en la razón y la Luna en el alma. Un vínculo tan innegable como el día y la noche, la luz y la oscuridad…

     Aunque en toda dicotomía existe una tercera parte. A veces tan minúscula que ni siquiera tiene relevancia. Una pequeña mota de polvo en un lugar muy bien enlucido o un ligero desvío de los colores nítidos a través de un espejo.

     Él era ese punto de inflexión para ambos. Alguien en quién el Sol depositaba su máxima confianza.

     Por ello, se crearon tres mundos, tres soles y varios cúmulos de tierra donde el agua y la vida empezaron a florecer mientras los tres dioses primigenios otorgaban sus regalos a cada uno. Crimbel fue de Mendith, la magia de los elementos se esparció por su mundo. Loxar fue de Uld, para disfrutar de los inventos, de la imaginación desbordante del pensamiento más racional. Terriam de Hëlm, cuya avaricia, por desgracia, llenó de dones a los hombres…

     Tres dioses crearon tres mundos. Tres magias. Tres Dotes.

     Uld le dio al suyo y a la humanidad la ciencia que explica las cosas, el pensamiento, la meditación y Mendith, el corazón para cuidarlas, admirarlas, protegerlas. Ella le admiraba a él. Su luz alcanzaba cualquier rincón de su sistema dotándolo de esperanza y poder. Crecimiento, belleza. Cualquiera de sus amaneceres era digno de admirar.

      Y él, en secreto, se enamoró de ella.

     Mendith tenía un halo de misterio capaz de embelesar hasta al más tímido de los hombres. Como su noche, albergaba las pasiones más desenfrenadas. Los errores inevitables. Los secretos más profundos de la humanidad. Era pausada y revoltosa. Risueña y firme. Un revoltijo de luz, pero mucho más de oscuridad. Después de todo, su Luna era un simple punto blanco en medio de un universo tan infinito como ella misma. Y sus estrellas, cada deseo por cumplir. Era una soñadora sin igual y al Sol, le fascinaba.

     Pero su hermano, Hëlm, había percibido en ella la misma fuerza. El indiscutible carisma y, sobre todo, su devoción hacia los demás. Inevitablemente, también se fijó en la diosa y, a su manera, quiso impresionarla de alguna forma.

     Así que, con el tiempo, tras el desarrollo innegable de las gentes del trozo de humanidad que le había tocado heredar, Hëlm creó en su universo magias y dones, de todos los dioses. Estos se esparcieron y disgregaron por cada recoveco, cada nación, hasta que dejaron de pertenecerle. Lejos de admirar aquel planeta que sería corrompido más tarde por una guerra sin precedente, Mendith expresó al Sol abiertamente su preocupación.

     Por lo que Uld, para salvaguardar a los humanos de aquel mundo repleto de Dones antes de que perdiese el control, desterró a Hëlm a las sombras del Serön al tiempo que Mendith, ofreció parte de su magia a una estirpe de mujeres de Terriam capaces de contener el influjo de los dioses en hilos cargados de poder.

     Sin embargo, antes de que aquella despedida tuviese lugar, ocurrió algo que el dios Sol no había previsto.

     La preocupación de la diosa por Hëlm y el mundo que creó, era más compleja de lo que parecía en un principio, pues ella quiso estar a su lado tanto, que deseó pasar las últimas semanas antes de su destierro junto a él. Sin despegarse ni un ápice de su rostro grisáceo y sus ojos rojos como la líquida y espesa sangre.

     Siempre se había dicho que existía una atracción física, innata e irremediable entre la noche y la oscuridad.

     Por eso, la diosa lo buscaba a él, inconscientemente, entre las sombras mientras Hëlm disfrutaba de esa debilidad. Jamás pensó que ella misma sería, quién, en aquellos días, iba a llegar a amarlo de algún modo…

     A diferencia de la joven de cabellos blancos y azules y más aún del dios del infierno, Uld resplandecía a cada paso. Nunca imaginó el mundo una sonrisa tan atrayente como la suya o una mirada tan penetrante, que fuese capaz de destruir los cimientos más firmes de la humanidad. Era metódico y osado. Valiente y precavido. Era el amanecer del mundo. Y su Sol era su corazón.

     Al contrario de su hermano, Hëlm era un ente confuso. Serio y comedido. De pocas palabras. Sin ningún atisbo de entusiasmo tras su sentencia. Después de todo, había infringido la regla más simple de todas: el continuo.

     Aquel excesivo reparto de dones podía destruir el mundo que se le concedió y eso implicaría una ruptura demasiado importante en la trinidad que habían formado el cielo, la luz y la oscuridad. La maldad. La valentía. La bondad.

     Y a pesar de todo, una parte de él sentía que se merecía más a la diosa que el propio Uld que tanto la veneraba. No obstante, el señor de la oscuridad no conocía la envidia ni los celos. Aquellas emociones eran mundanas, corrientes, simples. Él era un dios. El elegido para proteger el Serön. Su vida iba más allá de las debilidades humanas. Y se resistió a creer que se había enamorado de ella. Pero, aunque lo quiso, cuando veía como su hermano se desvivía por la Luna, una pizca de algo asociado a esos inestables sentimientos se adentraba en su alma.

     Quizás y solo quizás, su mundo no era tan simple como creía…

     —No tiene por qué acabar así —la oyó decir tras él y el pulso acelerado de su corazón divino, retumbó en su pecho—. Fue un error.

     —Lo hice porque deseaba hacerlo, Dith —la miró a los ojos y la vio suspirar rendida.

     —Lo solucioné. Era irremediable que corrigiésemos ese desliz de poder, pero sigo pensando que, para ti, es un castigo excesivo. Después de todo, el daño se pudo reparar en menor o mayor medida.

     —Puede ser. No obstante, alguien debe encargarse de los desertores, los asesinos, los ladrones, esos humanos de indeseable fortuna y mísera alma —su voz, grave, prominente y casi esculpida, retumbó por todo el hermoso jardín de las tierras de Odrïn.

     —¿Y por qué debes ser tú? Uld se ha…

     —Es el inicio —le indicó sentándose en un elaborado y rocambolesco banco de mármol. El propio sol empezaba a esconderse en el horizonte. Los reflejos del atardecer se perdieron en el cabello blanco y azul de Mendith que flotaba como nubes de bruma.

     Era preciosa.

     —Y tú el final… —Hëlm asintió y ella, sentada a su lado, bajó la mirada entrelazando los dedos de sus manos sobre su propio regazo. Su vestido blanco hecho de tiras de luna se movía ondulante a su alrededor.

     —No a todo el mundo le gustan los colores alegres o el cantar de los pájaros. Alguien tiene que poner el contrapunto al bien —Hëlm agachó el rostro acercándose a ella—. Además, seré más feliz en el Serön —una parte de él intentaba por todos los medios que la diosa no se preocupara por su persona—. Estaré rodeado de oscuridad. Y eso… —alzó sus dedos grisáceos hasta agarrar una de sus manos—, me recuerda a ti y a tu noche, Dith.  

     La diosa se mordió el labio, consternada. Habría deseado soltar su lengua en aquel mismo lugar. Decirle todo lo que sentía. Lo que anhelaba. Pero no podía hacerlo. Sabía que solo le causaría más dolor.

     —¿Cuánto nos queda?

     —Una semana…

     Aquel templo resplandeciente era la muestra de todo lo que el dios Sol sentía por ella. Una declaración de intenciones.

     No obstante, mientras la Luna observaba con admiración su creación, sentía que algo no encajaba consigo misma. Después de su última conversación con el dios del Serön, la perspectiva de verse completamente sola en aquel precioso templo, la hizo temblar. Desfallecer. Tan grande, apoteósico y solitario…

     Un lugar sin él.

     —Una prueba de amor de Uld —susurró, de repente, Hëlm a su lado. Sus manos tras la espalda. Su mirada templada, su aura inquebrantable—. Te ama sin lugar a dudas.

     —Anoche…

     —Ya lo sé —el silencio se abrió paso entre los dos mientras admiraban las resplandecientes puertas del Valghör. Mendith sintió una suave brisa acariciar su rostro. Una punzada de culpabilidad se instaló en su corazón.

     Habría ansiado que aquella noche, no fuese Uld quién apareciera para agasajarla. Sino él.

     —¿Era lo que deseabas?

     Mendith le miró aturdida, su perfil imponente, su piel oscura brillaba ligeramente con el sol del atardecer, aquellos ojos del color de la sangre…

     Y entonces, una emoción más profunda y tal vez nada recomendable, asoló su alma.

     «Te deseo a ti…», pensó. Solo quedaban apenas unas horas para el final. Así que, respiró hondo, contuvo sus inquietudes poco propias de una diosa como ella y, sin pensárselo ni un solo segundo más, agarró la mano de Hëlm.

     El dios entrelazó sus dedos con los de ella aceptando cada parte de aquel roce mientras acariciaba con el pulgar su piel.

     —Ven esta noche —murmuró la joven de ojos azules como el más profundo de los océanos sin apartar la vista de su perfil impasible—. Ven a verme. No hay unión más perfecta que la noche y la oscuridad. He soñado un millón de veces con ese instante y en mis sueños, siempre estamos juntos…

     Hëlm descendió sus esferas rojizas hacia sus manos unidas por unos sentimientos que superaban a cualquier ideal.

     —Es el último día, Hëlm…

     Lo sabía. Era consciente del tiempo que le quedaba en el Valghör. Pasar lo que le restaba con ella sería sin duda toda una delicia. Había deseado ese desenlace desde que fue partícipe del juicio de su propio destierro.

     —Bien —susurró con la simpleza que le caracterizaba haciéndola más feliz de lo que nunca pudo imaginar.

     Hëlm cumplió con lo pactado.

     Aquella noche, su posesión más preciada, la compartió con él y solo con él. En cuanto la diosa abrió la puerta de su nuevo dormitorio en el templo, le observó complacida con una maravillosa sonrisa surcando las comisuras de sus labios y él, por primera vez, imitó ese gesto que tan bien se les daba a los demás.

     Nada más apreciar su sonrisa única y exclusiva, solo para ella, no dudó ni un solo segundo en agarrar entre sus dedos las telas de su túnica para arrastrarle dentro de la habitación donde le besó completamente perdida.

     Sus bocas se encontraron. Sus deseos más íntimos, sus anhelos más esperados, salieron a la luz en la noche estrellada.

     El Infierno reconoció cada palmo de lo que la diosa le hacía sentir. Cada emoción. Cada temblor. Y la Luna, vio una de sus estrellas apagarse mientras aquel sueño alocado se cumplía.

     Las sábanas los acogieron con calidez y la habitación se llenó de suspiros y disfrute. No había, después de esa noche, nada más importante por lo que existir. Él era suyo y ella era de él. No importaba el tiempo que pasase. La distancia. El destierro. Solo existían ellos dos bajo el aliento y el cuerpo del otro.

     Hasta que la calma se aferró a sus agitadas respiraciones y las sonrisas irradiaron en sus rostros agotados. Mendith apoyó el rostro en su pecho y él, la abrazo cubriéndola con las finas telas de blanco algodón.

     —Podríamos crear a un dios que detuviese el tiempo justo en este instante —Hëlm amplió la línea curva de sus labios al oírla.

     —Te advertí de lo complicado que sería esto, después —ella se arrebulló en la calidez de su cuerpo y él sintió que cada paso de su camino había merecido la pena solo por llegar a ese inesperado lugar.

     —No cambiaría por nada lo feliz que me siento ahora tras haberlo hecho. Así que, no harás que me sienta culpable de ninguna manera —Hëlm rio. Y al hacerlo, la joven de cabellos blancos y azules que no lo había escuchado jamás en esa tesitura, se incorporó sobre él, sorprendida.

     —¿Puedes volver a reírte? —cuestionó curiosa, pero el dios negó regresando a la simple sonrisa apacible que ahora le había dado por esbozar.

     —Gracias —susurró rozando algunos de aquellos mechones con los dedos—. Has confiado en mí, a pesar de todo.

     —Puede que para ti no sea un error, pero…

     —No lo fue —la interrumpió—. No estaría aquí contigo si hubiese dejado a Terriam en paz.

     —Pero los humanos sufrirán.

     —Y yo lo haré de igual forma cuando me aleje para siempre de tu lado, Dith —Mendith se mordió el labio conteniendo la respiración. Sus esferas azules se alzaron hacia esa noche que empezaba a desaparecer a través de los grandes balcones y ventanas de su dormitorio. Muy pronto, el último amanecer de ambos, juntos, llegaría.

     Y después…, no habría forma de volver atrás.

     —No estés triste —señaló el dios y Mendith regresó a su rostro, apenada—. Yo siempre estaré contigo, complementando tu noche. En cada recoveco que el brillo de tu luna o de tus estrellas, no alcance.

     La Luna sintió su mirada fija e imponente posarse sobre sus ojos celestes.

     —Hagamos algo —se le ocurrió, repentinamente, a la diosa. Él arqueó las cejas con interés—. Creemos descendientes en Terriam. De alguna forma —expresó Mendith—. Vivamos juntos, de verdad…

     —Eso es arriesgado —susurró Hëlm acariciando, con suavidad, una de sus mejillas sonrosadas. Ella negó, divertida.

     —Algún día, seremos eternos. Los dos. Unidos —sugirió con la voz repleta de esperanza, de amor.

     —Bien —ella le dedicó la sonrisa más bella del mundo.

     Justo en ese momento, amaneció.

     —Además, podríamos hacer que…

     —Dith —el dios la interrumpió repentinamente—. Te amo.  

     El alma de la diosa dio un vuelco y sus ojos, resplandecientes, se abrieron de par en par, sorprendidos.

     Contuvo la respiración y el dolor se aferró a su alma cuando él, sin previo aviso, desapareció para siempre de su lado…

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