Así fue.

Tal cual.

Me planté y dije: ¡Basta!

Esta no soy yo. Lo sé.

Decidí mirar a los ojos del miedo, plantarle cara sin dudar. Me desnudé frente al espejo sin pudor y,

con coraje, me dije a mi misma:

«El reflejo que estás viendo en el espejo, esa, esa eres tú y nadie más.»

Sin titubear, busqué mi rostro en el reflejo del espejo, me encontré y, en un momento de lucidez, recordé quién soy, quién quiero ser y quién no voy a ser.

Como ave Fénix renací.

No me hice ni más fuerte, ni más valiente, ni la mejor ante nadie.

Solo recordé la mujer que soy; sin tapujos, me elogié por ser capaz de desnudarme para verme a mi misma, tal y como soy.

Me alegré de desnudarme sólo para mi y… para nadie más.

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