El abuelo.

Eran las dos de la tarde. Estaba sentada terminando de dar los últimos retoques fotográficos a la fotografía del abuelo, quería hacerle un regalo por su cumpleaños número ochenta, me encantaba como se veía sentado en su silla de paja soleándose en el balcón de su pequeña casa de campo, cogido a su bastón, con los ojos vivaces, sonriente y con el cabello lleno de las canas que los años le habían pintado encima.

Siempre me había gustado pasar largas temporadas en la casa de los abuelos, robar los higos, perseguir a las gallinas, molestar a los conejos, mirar cantar a los pájaros y escuchar las historias de terror del abuelo en noches de luna llena. Estaba terminando de retocar las luces y la saturación en la fotografía del abuelo cuando el teléfono empezó a sonar.

Realmente sentía pocas ganas de detenerme en esa tarea de retocar cada detalle en el rostro de mi abuelo, estaba disfrutando de ver sus arrugas y manchitas y viendo que los ojos de él se parecían tanto a los míos, no quería detener ese momento para responder el teléfono, pero contesté, y fue la casualidad más hermosa del mundo porque precisamente era el abuelo quien me llamaba, se escuchaba su voz agitada al teléfono, había estado intentando atrapar a las gallinas y estaba renegando por que se habían metido justo debajo de las escaleras que daban al almacén de trigo y no lograba meterse debajo de las escaleras para sacar de allí a las traviesas por el dolor de caderas.

Me contó que los higos esa temporada estaban más dulces, pero que el calor los estaba echando a perder, y se quejó de lo sudoroso que estaba en esa época del año, escuché la voz de la abuela en el fondo y como renegaba porque había perdido sus zapatos, mientras mi abuelo hacia unas cuantas bromas sobre ella, y terminamos riendo en el teléfono con la complicidad de dos pequeños niños. Conversamos en promedio una hora, hasta que finalmente el abuelo entre risas colgó la llamada. Fui a la cocina me serví un vaso helado de jugo de naranja, cogí unos cuantos higos y regresé a terminar mi tarea de edición inconclusa.

A la media hora, mamá entro en la sala, traía los ojos muy hinchados, lucía desesperada, realmente había llorado, pensé que tal vez podrían haberla asaltado, venía del hospital, el abuelo había sido ingresado de emergencia a las diez de la mañana, pues había resbalado intentando coger unas gallinas, el golpe en la cabeza había sido mortal, a las doce del mediodía lo dieron por muerto.

Miré a mi madre sorprendida y empecé a reír, era imposible, tenía que estar bromeando yo había hablado con el abuelo durante una hora y si bromeaba, era una broma de muy mal gusto, mamá me miró con tristeza, abrió su bolso y sacó el certificado de defunción. En efecto, causa de muerte derrame cerebral y, hora de muerte, doce del mediodía. El abuelo se había ido, no estaba más entre nosotros, pero jamás se hubiera ido sin despedirse de su nieta favorita, lloré y abracé a mi madre.

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Author: Lorena Veliz

Pies para que los quiero, si tengo alas para volar





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