El festival de la Dama.

Habían pasado ya unas semanas desde lo que los habitantes del arrabal habían dado en llamar «el duelo del vertedero», la condición física de Iker había mejorado ostensiblemente, ya no se le contaban las costillas, habían desaparecido las ojeras y para alivio suyo se había acostumbrado a los zapatos, gracias a un maravilloso ingenio, los calcetines. Una mañana el Chasquidos anunció durante el desayuno.

– Quiero que hoy te prepares con esmero, es el festival y debemos acudir a presentar nuestros respetos- Iker asintió sin decir más, conforme se iban acostumbrando a vivir el uno con el otro, había aprendido que algunas órdenes era mejor no cuestionarlas, ya sabría lo que debiera saber a su debido tiempo. Una vez hubo desayunado y se hubo lavado a conciencia, otra costumbre inculcada por su maestro, se enfundó en un traje negro sencillo pero bien terminado cuya única muestra de extravagancia era el pañuelo rojo que llevaba anudado al cuello. Tras una satisfecha ojeada al espejo comprobó que llevaba la navaja regalo de su maestro, en el bolso interior de la chaqueta y bajó al primer piso donde don Modesto lo esperaba. Al llegar, el hampón le entregó un sombrero de fieltro, de ala corta y con una cinta de raso rojo.

– Ten chaval, aún no eres un guapo de pleno derecho, te falta mucho por saber, pero mi protegido no puede andar por ahí sin un buen «tejado» que le cubra las ideas- le dio una de sus afectuosas palmadas en la espalda- vamos, no perdamos tiempo.

Serpentearon por calles, callejas y avenidas guiados por el detallado conocimiento que don Modesto tenía de «su» territorio. Iker observo que al contrario que otros guapos, su maestro era un hombre apreciado por los «citadinos» , le estrechaban la mano y buscaban hablar con él ,trasladarle sus preocupaciones a lo que él respondía asegurando que se encargaría o solucionándolas en el acto, como en el caso de una joven que se le acercó con un niño en brazo a informarle de la muerte de su marido. Entonces con el semblante oscurecido por la pena, el hombre sacó una bolsa de cuero que tintineaba con el dulce sonido del oro y vertió su contenido en las manos de la muchacha asegurando que con eso tendría para unos cuantos años sin preocupaciones y deseándole lo mejor, acto seguido echaron a andar mientras la chica se deshacía en agradecimientos, Iker se dio cuenta de que su maestro tenía los ojos enrojecidos, como a punto de llorar.

Llegaron a un edificio con apariencia de casino o de mansión señorial, con dos lobos de piedra que guardaban la entrada como un funesto recordatorio de tiempos pasados. Dos guardias con temibles mazas les franquearon la entrada murmurando sendas respuestas cuando el Chasquidos los saludo como si fueran viejos amigos haciendo un bien disimulado desprecio tanto de su aterrador aspecto como de sus armas. Dejaron sus chaquetas y sombreros en el guardarropa, una norma útil para que nadie pasase más allá del vestíbulo armado, la sangre de los visitantes habituales solía hervir con facilidad y nadie quería asuntos de sangre allí dentro.

Un hombre con apariencia de mayordomo les acompañó a un gran salón de donde por lo que parecía se estaba celebrando una fiesta. El cuerpo de Iker reaccionó con dos viejos reflejos de su antigua vida, se le rizó el pelo de la nuca y el estómago le rugió al oler algo dulce. Efectivamente era una fiesta, las mesas estaban repletas de guapos y sus aprendices , había una orquesta y un cantante, la carne se asaba en espetones y los licores corrían al gusto de la concurrencia. El Chasquidos y su aprendiz tomaron asiento y enseguida  fueron servidos, mientras recibían saludos afectuosos, murmullos de admiración y algún que otro reniego, aunque estos últimos fueron pronunciados con sumo cuidado de que nadie los oyera, todos conocían la fama del destinatario.

En un estrado al fondo de la sala de sentaba un hombre muy anciano en un gran sitial de madera tallada , lucía una larga barba blanca que se entremezclaba la larga melena trenzada, vestía ropas grises y pardas muy desgastadas por el uso, le faltaban varias falanges de la mano izquierda y también un ojo en cuya cuenca vacía danzaban los destellos de las llamas. Comía y bebía con ánimo impropio de su edad haciendo chistes a propósito de sus invitados y contando viejas historias. A pesar de su apariencia humilde  irradiaba autoridad y era el único que iba armado, llevaba un recio cuchillo con la hoja en forma de media luna en una vaina de cuero en la faja, en cuanto el ojo que le quedaba se percató de la presencia del Chasquidos, desenvainó su arma y golpeó tres veces con el canto de la hoja, el vaso de bronce donde bebía, que repicó como una campana.

Acto seguido, se levantó y se dirigió  hacia el estrado de la orquesta que a una orden suya comenzó a rasgar las guitarras en una cadencia repetitiva mientras el anciano cantaba.

Canto para Ingrid la Bella,
la reina de la llanura,
estamos aquí por ella.

Creó el código 
para defender 
la virtud y el honor
debemos sacrificarnos
para vencer al Horror.

Noble señora 
a ti vienen tus hijos
con ofrendas ,
con su honor
y sus afilados cuchillos.

Al acabar de recitar el anciano caudillo clavó su cuchillo en el suelo con un certero golpe de muñeca y vertió vino sobre él en recuerdo del alma de la dama. Todos, uno por uno, incluido Iker, se acercaron al centro de la sala, vigilados por la atenta mirada de su anfitrión . Un único ojo de un azul pálido relampagueó con astucia cuando mientras el muchacho vertía su libación, su maestro en cambio recibió una cálida inclinación de cabeza llena de reconocimiento, “ el Señor de los Buitres lo acepta de nuevo” murmuraron algunos.

– ¡Que vengan las ofrendas , luego atenderé los ruegos y los pleitos, honor a la Dama!- tronó la voz de aquel caudillo.

Uno a uno todos los guapos fueron pasando por delante del cuchillo clavado en el suelo como ya hicieran una vez, depositando cada uno una ofrenda. Relojes, puñales, anillos, monedas , hasta una botella de vio, todos dejados con vanidad e intención de quedar por encima de los demás. El último de los guapos no había acabado de jactarse cuando le llegó el turno al Chasquidos.

– ¿Qué traes muchacho?- a Iker le llamó la atención que alguien se dirigiera a su maestro llamándolo muchacho.

– Traía ciento cincuenta monedas de oro en buen estado mi señor, pero de camino aquí me topé con una joven viuda a cargo de un zagal y me pareció más oportuno dejarlas en sus manos, en reconocimiento a los hechos de valor de la Dama- “Pordiosero”, “ Sacrilegio”, “ Solo son viles excusas” , fueron algunos de los gritos que se oyeron en el salón pero el Señor de los Buitres los acalló alzando su mano mutilada.

– Has obrado bien, Chasquidos, en los tiempos antiguos, los hijos de la Dama fuimos caballeros y la caridad se contaba entre nuestras virtudes más elevadas. Veo que sigues el código con rectitud , sé bienvenido de nuevo y también tu aprendiz. Se lo probará dentro de tres meses, enséñale bien.

– Gracias , mi señor- dijo el Chasquidos haciendo una reverencia que Iker imitó.

– Id y honrad a la dama y al código.

Iker se internó de nuevo en la noche con la llama de la esperanza en su pecho.

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