El túnel.

“No subas la montaña para plantar tu bandera, sino para aceptar el desafío, disfrutar del aire y contemplar la vista. Sube para que puedas ver el mundo, no para que el mundo te vea a ti”

David McCullough.



Alba y yo llegamos pasado el mediodía. Pasaríamos la noche allí, en un refugio de la montaña. Así, bien temprano, prepararíamos todo el equipo de escalada y ascenderíamos un sendero hasta alcanzar el pie de la roca vertical. Algo pasó. Sí, en efecto. Algo ha pasado.

Haciendo tiempo hasta la hora de la cena fuimos a caminar por los alrededores. No era la primera vez que estábamos allí. Descubrimos aquel lugar con unos amigos con los que a veces vamos a escalar. No obstante, pareciera que veíamos ciertas cosas por primera vez. Una de ellas fue la entrada a un paso subterráneo. Se encontraba unos metros por encima del camino, y la ocasión anterior nos había pasado desapercibida. Debo decir que soy aficionado a los lugares abandonados, me despiertan una sensación de curiosidad y aventura. Aquella rudimentaria entrada daba acceso a un túnel horadado en el mismo terreno, y de unos oxidados goznes colgaba una verja herrumbrosa. Al no tener un plan concretado, propuse indagar un poco aquel túnel. Alba prefirió esperarme fuera a pesar de que también le atraían ese tipo de escenarios arcaicos. Claro que en el caso de túneles y similares lugares cerrados y húmedos podía encontrarse con arañas, a las que les tenía pánico. Salí del camino y salvé la pendiente terrosa por la que resbalé en un par de ocasiones. Me planté ante la entrada al túnel. Era algo que había visto antes, similar a otro conducto de ignotos usos por el que había deambulado con apenas quince años bajo el Hospital del Tórax, a las afueras de Terrassa. Éste, no obstante, tenía un acceso reforzado con tochos formando una estructura en forma de arco al que se anteponía un enrejado entreabierto que parecía permanecer en esa misma posición desde hacía años.

—¿Qué ves?—preguntó Alba desde unos metros más abajo.

—Es un conducto de metro y medio de altura. Está el suelo hecho una mierda. Escombros, piedras… lo típico. No veo arañas.

—Me da igual. Te espero aquí.

Extraje el teléfono móvil del bolsillo y activé el foco de la linterna. Alumbré el interior pero con la luz vespertina exterior no vi nada más allá de la distancia ya iluminada.

—Ahora salgo. Quizá podamos volver con Ris y Tis.

Ris y Tis eran nuestros amigos, con los que compartíamos las aficiones de la escalada y la indagación amateur de sitios abandonados. Apodos de una pareja llamados Ricardo Sastre y Tina Sort.

—Haz un vídeo para enviárselo—me sugirió Alba.

Puse el modo cámara en el móvil con el flash activado. Y entré.

El túnel se abría atravesando la montaña hasta alcanzar una especie de cámara circular a unos veinte metros de la entrada. Miré hacia atrás, por donde la luz y el mundo exterior se dejaban ver ahora como una imagen lejana. Avancé dos pasos y pude ver que al otro lado de aquella estancia en forma de círculo había unos hierros de metal incrustados en la pared que escalaban el muro a través de un angosto tubo vertical, como los travesaños de una escalera de emergencia. Al otro lado del espacio circular donde me encontraba la oscuridad era total, y podía seguir viendo gracias a la linterna del móvil. A mi derecha, en el lado opuesto de la escalerilla vertical se abría un orificio que parecía comunicar con un pasillo subterráneo en un nivel inferior. Quedaban rastrojos desperdigados, trozos de maderas, papeles, cenizas y pedruscos en la zona cercana a aquel cuadrado orificio. Antes de moverme, miré hacia arriba para visualizar el conducto por el que trepaba la escalerilla, como una chimenea. Más allá de los dos metros de altura no podía distinguirse más que una negrura impenetrable. Pensé en ascender por los travesaños, pero me sentía intrigado por el pasadizo y además consideraba poco seguro subir por ahí ante la posibilidad de que un barrote se desprendiera y cayera de bruces desde una altura considerable. No valía la pena arriesgarse. Si bien es cierto que debía comunicar con alguna parte del terreno superior, parcela, o alguna estructura oculta entre la espesura de los árboles. Desde fuera podría ascender para indagar un poco más, con aire fresco y no envuelto en aquel ambiente de humedad fangosa, insectos y con una postura incómoda al desplazarme. Dejando de lado la escalerilla ascendente, me dirigí hacia el orificio para asomarme al pasadizo. Entonces empecé a hablar a la cámara, retratando mis sensaciones y lo que veía para paliar aquel silencio.

—Ya habéis visto. Un túnel de un metro y media de altura, quizá un… paso subterráneo… un depósito, un refugio de la guerra quizás… La escalerilla da a un desconocido… lugar situado encima… en un claro del bosque o en alguna cabaña, parador, caseta… Aquí, ésta estancia circular… Y este acceso a un nivel inferior por donde transcurre un pasadizo, ¿lo veis?

Alargué el brazo para enfocar con el móvil a un lado y a otro del túnel. En la parte izquierda, en la esquina de un recoveco por encima del pasadizo, una gran araña negra permanecía inmóvil entre espesas telarañas y polvo seco. «Suerte que Alba no ha entrado», pensé. Pero omití el detalle.

—Bueno, ya que hemos llegado hasta aquí… ¿verdad?

Y empecé a avanzar a través del agujero para bajar al pasadizo, unos tres pasos por debajo. Hacia la derecha parecía que el camino no tenía mucho recorrido, enseguida topaba con un muro. Por la izquierda, el pasillo se adentraba en dirección descendente y no podía evitar mirar a la araña cada pocos segundos.

—Por la izquierda… Nada —avancé unos pasos para cerciorarme—. Así que iremos para la derecha. Todo recto. Viento en popa, a toda vela.

En aquella parte del túnel podía caminar erguido pues el techo se encontraba unos tres metros por encima.

—Pues como veis, aquí sigue el pasadizo… No es más que un túnel, o refugio, o mina… Lo desconozco. Vamos a ver, ya puestos, hasta dónde llega.

A los dos minutos, en total siete de grabación, alcancé un muro por el otro extremo. Y justo al alcanzarlo y poner una mano sobre la fresca y húmeda tapia sentí un ruido sordo muy cerca de mí que me hizo dar un respingo. Me giré con los pelos de la nuca y los brazos erizados. Pensaba en la negra araña, aunque no tenía relación con la situación. «Humedades, filtraciones de agua», pensé.

—Aquí no hay más que ver. O eso creo. Pero he satisfecho mi curiosidad. Nos vemos ahí fuera —añadí dirigiendo el objetivo de la cámara hacia mi rostro en una actitud burlona.

Detuve la grabación y pensé que habría quedado bien registrado aquel extraño sonido y que ya tendríamos tiempo de analizarlo. Dejé activado el foco de la linterna tras quedarme unos segundos en la oscuridad total al cerrar la cámara y desanduve el pasadizo sin quitar ojo a la gran araña cercana al agujero. Al estirar los brazos para alcanzar el borde y auparme a la estancia circular, miré de nuevo al arácnido negro y éste movió sus patas al tiempo que se desplazaba hacia la tapia. Aquello me hizo lanzarme hacia la parte superior del túnel y eché a correr agachado hacia la salida. Me frené unos pasos antes de sobrepasar la verja y asomarme al camino. Cuando miré hacia abajo, Alba no estaba allí. Supuse que se habría adelantado y estaría al otro lado de la curva que el camino describía en su recorrido. Bajé por la loma y regresé al sendero señalizado. Noté un ambiente extraño a mi alrededor, una atmosfera naranja que lo envolvía todo, un color de atardecer otorgado a una especie de neblina. El aire olía a madera mojada. Me picaban los brazos. No se escuchaba ningún pájaro. Y al otro lado de la curva Alba no estaba. Comencé a agitarme.

—¡Alba!

Me pareció escuchar una risa estridente en la lejanía, entre los árboles, hacia la parte superior de la loma situada a mi derecha.

—¡Alba!

Conocía el camino. Sabía que terminaba unos cien metros más adelante. Pero al alcanzar el final del sendero, Alba seguía sin aparecer. Me brotaron lágrimas de los ojos y entré en pánico.

—¡Alba!

Me dispuse a llamarla por teléfono, fui a extraer el móvil pero no lo tenía en ningún bolsillo. Eso acrecentó mi desesperación. «Se habrá caído mientras huía del túnel», pensé. Di prioridad a la recuperación del teléfono antes de seguir buscándola por el sendero. Subí de nuevo y busqué alrededor de la entrada al túnel y en la zona iluminada por la luz exterior, una luz grisácea y naranja que se me antojaba inusitada. No había ni rastro del móvil. Ni de Alba. Debían ser las ocho de la tarde. A esas horas de mayo aún debía estar el día clareado, y apenas había unas nubes desperdigadas cuando llegamos a la montaña. No obstante, el ambiente reinante tras salir del túnel era brumoso y enrarecido. Empecé a correr por el sendero buscando a Alba en la misma dirección por la que habíamos llegado a ese punto. Ya habría tiempo de buscar el móvil con más tranquilidad. Alcancé el parador donde íbamos a pasar noche Alba y yo. No la veía por allí. Miré en dirección al sendero, la niebla anaranjada no dejaba ver el camino. Observé la posada, allí había algo raro que me descuadraba. «¿Qué está pasando? Algo ha pasado». El parador ofrecía una imagen desoladora, diferente al aspecto que tenía cuando llegamos apenas unas horas antes: los ventanales tapiados con maderos entrecruzados, la fachada descuidada y con la pintura levantada, y la puerta desvencijada. El parador estaba abandonado.

II

            Esto no puede estar pasando. Algo ha pasado. Me dirigí al portón de la entrada y traté de abrir pero estaba cerrado. Por allí no veía a nadie. Parecía estar inmerso en un sueño extraño, una pesadilla en un mundo rojizo, de aire denso, y donde no estaba Alba. Pero sabía que no era un sueño, aquello era real y me estaba volviendo loco de desesperación. Seguía gritando el nombre de mi chica mientras recorría corriendo el perímetro de la posada, pero fue en vano. No hallaba la manera de poder entrar, así que, por lo pronto, regresé al túnel para buscar el teléfono de manera más exhaustiva. Por el camino reafirmaba mi entorno irreal, como si se tratase de la versión onírica de aquella montaña, ese escenario surrealista que transforma un lugar conocido en algo propio, ilusorio, volátil. Revisé cada paso que había hecho desde la senda hasta la verja que daba acceso al maldito conducto, verificando con esmero cada centímetro del terreno, removiendo la tierra. Sin éxito. Regresé al parador y golpeé la puerta.

—¡Oigan! ¡Oigan! ¡Ábranme! Por favor, si están ahí dentro, ¡abran la puerta!

Aquel escenario desolador indicaba que mi acción era inútil y ridícula. «Tengo que volver a entrar, pues el túnel me ha llevado a otra dimensión», pensé. Sólo que no lo pensaba yo, no estaba en mi cabeza; era una voz externa. Y provenía del interior de la posada.

—¿Perdone? ¡Abra la puerta! ¡Por favor! ¡Se lo ruego! 

Sonó un chasquido al otro lado de la puerta, un ruido que provenía del interior y que me hizo recordar el sonido que escuché al fondo del túnel. Traté de abrir pero el portón no cedía. Tras un par de forcejeos con el picaporte, empujando con vehemencia con las dos manos, conseguí abrir. El aspecto interior se asemejaba al exterior: parecía llevar años abandonado. Una estancia en penumbra, repleta de vestigios de una remota actividad en forma de escombros, jirones y pedazos de viejo mobiliario. Horas atrás, Alba y yo habíamos cruzado aquel salón para registrarnos en el parador y subir a dejar las cosas en la habitación. Ahora, aquello estaba muerto.

—Disculpe —dijo una voz incorpórea, por delante de mí. 

—Algo ha pasado.

—Sí, algo ha pasado. La cuestión es por qué. 

—No entiendo nada. ¿Dónde está Alba? ¿Dónde estoy yo?

—Puedes volver a tu mundo, pero con una condición. 

—¿A mi mundo? Entonces, ¿dónde estoy ahora? —insistí.

De repente, ante mí apareció de entre las sombras del otro lado de la sala una anciana apoyada en su bastón. Una figura encorvada pero de aspecto ágil, con cabellos plateados y una mirada que, aún en la penumbra, era penetrante como un rayo de sol entre la grieta de un túnel. 

—Desde luego, en un lugar diferente, ¿verdad? —dijo.

—Sólo he entrado unos minutos en un túnel, aquí al lado. Dentro no había nada. Y al salir había cambiado la luz del día… y mi chica ha desaparecido. 

—Ergo, has salido en un lugar diferente.

—¿Quién es usted?

—Tu guía. Siempre aparece una en el momento preciso.

—¿Estoy soñando acaso?

—“Toda la vida es sueño”, ya lo dijo Calderón de la Barca.

—“…y los sueños, sueños son”. ¿Así que en este otro mundo también se conoce a Pedro Calderón de la Barca? —pregunté, no sin cierta sorna.

—Tú escribías, ¿verdad? La literatura es tu pasión. 

—Lo era —murmuré.

Aquellas palabras hicieron rememorar ciertas costumbres de un pasado en el que solía borronear historias simples e incoherentes en folios de papel o en el que me inventaba juegos para divertirme con mi hermano. Pero progresar en ese ámbito siempre fue una alternativa descartada. Había estudiado Derecho para labrarme un futuro que me proporcionara seguridad y la posibilidad de alcanzar mis metas. ¿Cómo podía conocer aquel aspecto de mí aquella anciana?

—¿Metas? A cambio de matar tu verdadera naturaleza, tu verdadero talento… —soltó la anciana, como si me leyera mis pensamientos.

—Fui de los primeros de mi promoción, señora. Consideró que…

—Y qué no podrías haber conseguido en el mundo de la literatura…

—Tengo un buen trabajo. Además, ese no es el problema. ¿Qué tiene que ver eso con estar aquí y…?

—¡Todo! ¡Lo tiene que ver todo! Esa es, de hecho, la condición. 

—¿Condición? 

—Para volver a ese mundo tuyo…

—Por favor, dígame: ¿dónde está Alba? ¿De qué va todo esto? ¿Qué clase de juego es este? 

—Ese mundo al que dices que perteneces es el mismo que éste. Cada uno escogemos nuestros caminos, pero no siempre son fijos e inflexibles. Tú lo has visto. Esas encrucijadas, esa bifurcación de senderos, esas decisiones… ¿No eras tú el que escribiste algo así? Un camino que se antoja tenebroso y caótico en un principio, y otro que se presenta luminoso y accesible. ¿No era el complicado la mejor opción por la recompensa que ofrece luego? ¿No era acaso la metáfora de no dejarse llevar por la apariencia de la vacua inmediatez? ¿De mirar, con la intuición y el alma, más allá?

—¿Eso? ¿Aquella historia que no leyó nadie?

—Cuán equivocado estás, David. ¿El hecho de que nadie leyera esa historia significa que no fue el fruto de tu don interno, de la luz que llevas dentro? ¿No eras en esencia tú mismo, sin más, aunque nadie consiguiera ver o entender lo que expresabas al mundo? A veces no es todo tan sencillo. A veces las cosas sólo tardan un poco más en llegar. A veces antes hay que aprender ciertas experiencias. A veces el poseedor de la luz debe demostrar ser digno de tenerla.

—Pero…

—O, a veces, todo es cuestión de práctica y perseverancia. Hasta los dones más innatos necesitan ejercitarse. Focalizar, organizar el tiempo y dedicárselo a eso que se remueve por dentro. Es difícil de explicar, pero si lo tienes, sabes a qué me refiero. Y nunca se extingue. Es parte de ti. Alguien no puede ir en contra de lo que es en realidad y no puede obviar siempre a la musa que le posee. No en el cuerpo, si no en el alma.

—¿De verdad?

La anciana asintió y de repente percibí en su persona una mayor jovialidad. Ganaba altura, perdía peso y rejuvenecía frente a mí. A mi alrededor advertí una mayor claridad en el ambiente y en mi interior sentía la mente reverberar. La posada seguía mostrando un estado de abandono pero desde fuera provenía un entorno más diáfano y menos turbio.

—Cree —me decía la desconocida, aquella mujer valerosa—. Hace tiempo que sólo crees lo que crees creer. Por circunstancias externas, no por lo que tú de verdad eres.

Empecé a escuchar un sonido lejano que provenía del exterior, no muy lejos de allí. Un rumor de tañidos que venía arrastrado por el viento, como el sonido de unas campanas. Me giré hacia la puerta tan solo un segundo, pero cuando volví a mirar hacia la posición en la que estaba la anciana, había desaparecido. Crucé la sala, pero no había ni rastro de ella. A continuación inspeccioné el interior de la posada pero no hallé más que la desolación del abandono. Allí dentro nada había, ni nadie. ¿Qué clase de alucinación había tenido? ¿Me di un golpe en la cabeza allí dentro? ¿Qué está pasando? En ese momento estaba atardeciendo y una luz azulada proyectada de un lugar indeterminado se cernía sobre el prado con la impresión de apuntar hacia el sendero. Fui hacia allí con paso firme pero calmado, tenía una inverosímil sensación de paz y tranquilidad a pesar de la situación. Alba había desaparecido, la posada donde tenía mis bártulos estaba abandonada de súbito, y allí no había nadie más. A excepción, claro, de aquella estrafalaria mujer con la que había mantenido tal disparatada conversación. «No era disparatada. Regresa», sentí en mi cabeza. Pero no se trataba de una voz externa; era la mía propia, eran mis propios pensamientos.  Me encaminé por la senda y subí al acceso del túnel con aplomo. La extraña luz azulada ahora cubría toda la extensión de la montaña. Los pájaros cantaban de nuevo. Incluso intercambié una serie de silbidos imitando el piar de un ave cercana, escondida entre los árboles. Una sonrisa se esbozó en mi rostro. «Sueño, alucinación, o lo que fuere. Pero se ha reactivado en mi interior algo aletargado, algo que no me ha abandonado en todo este tiempo. Me siento tan agradecido y liberado…» Recorrí el túnel y descendí al pasadizo inferior. No había ni rastro de la araña negra. Incluso los insectos voladores característicos de esos lugares habían desaparecido. Alcancé el muro donde acababa el conducto y de nuevo palpé con las manos aquella superficie rugosa y húmeda, con sentimientos de respeto y prudencia. «Para alcanzar la cima conviene…» Ah, la humildad.

Eso es, escribe con la profundidad del alma y de la mente por medio de intensas palabras e historias. Ya no pienses más; emprende, haz. Abre tus ojos y observa. No creas lo que ves, ve lo que creas. Ya no pienses más, intenta. ¿Te has atrevido alguna vez a atreverte? Y esta es tu condición.

III

Ascendí por el conducto vertical por medio de los barrotes herrumbrosos que conformaban la escalinata. Subía y subía, y no parecía tener fin. La oscuridad era total y trepaba a través de los travesaños hasta que una potente luz azulada me cegó. Ante el repentino resplandor resbalé, pero pude asirme con rapidez. Caí apenas unos centímetros y al volver a aferrarme a un barrote me golpeé el costado derecho. La luminiscencia se empequeñeció y se elevó hasta convertirse en un punto que parecía señalar la meta. Continué mi camino ascendente. Subía y subía, y la luz lejana seguía. De pronto escuché algo. Inmerso en aquel silencio sólo enmascarado por mi respiración, el sonido de unas campanas sonó de nuevo en el interior de aquel túnel, o en el interior de mi cabeza. Aumentaba aquel rumor de unos tañidos a medida que me enfilaba hacia la superficie. Y entonces, alcanzando aquella luz, el sonido cesó. Siguió un segundo de completa oscuridad y a continuación los peldaños parecieron desaparecer de repente haciendo que cayera por aquel conducto vertical. 

Abrí los ojos y el corazón a un nuevo día. Ante mí la imagen de Alba se dibujó, observándome con preocupación en el rostro. Era la mañana en la que teníamos previsto partir a la posada de la montaña para la posterior jornada de escalada.

—¡Vaya sueño más profundo tenías! No había manera de despertarte.

No obstante, yo me sentía más despierto que nunca.

—Tenemos que hablar —así inicié mi propósito de romper todo aquello que tenía para empezar una nueva vida.

—¿Pasa algo?

—Algo ha pasado.

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