El viajero enamorado.

Por fin, después de innumerables días, se acababa aquel traqueteo. Edgar Rikker estaba harto del Llano, las Tierras Salvajes y todo aquel maldito polvo, siempre había odiado el verano y el calor pero aquel maldito viaje le había hecho reafirmarse en sus convicciones.  La gaceta  de Stellia  necesitaba noticias frescas de aquella parte del imperio dejada de la mano de los dioses y le había tocado a él como columnista novato que era, ir a recabar información. Había conseguido un puesto en aquella caravana de artesanos Igni que iban camino de Ciudad Vieja  en una partida de cartas, aquellas gentes eran de lo más curioso, todo el mundo decía que eran unos salvajes pero podían sorprenderlo a uno, ciertamente.

– Fin del trayecto señor Pluma – así le llamaban todos y así le hizo saber Krugan, el hijo de la matriarca y jefe de aquel pequeño clan, mientras se detenían a cierta distancia de las puertas de la ciudad, en un bosquecillo.
– ¿Pero cómo, no entramos?- preguntó Edgar mientras hacía lo posible por bajarse de la carreta con elegancia y no ponerse perdido de barro, cómo no, la noche anterior había llovido.

– Los hijos de Kad no atravesamos los muros, es la ley- el hombre se había referido a ellos hablando de su dios patrón, Kad el señor del fuego, según se contaba los Igni fueron el pueblo indígena de aquellas tierras- haremos noche aquí y mañana los pétreos vendrán a buscar la mercancía, así ellos tienen lo que quieren , nosotros también y nadie se busca problemas- se encogió de hombros con resignación- compartirás nuestro pan una noche más muchacho, hoy es el festival del fuego y no dejaré que un amigo de los Igni duerma entre piedras sin el calor de las llamas, al alba eres libre de ir a escribir lo que quieras con esos borregos en un corral- lanzó un salivazo hacia la ciudad.

– Gracias señor- respondió Rikker visiblemente emocionado por aquella muestra de hospitalidad a la que el carretero respondió con uno de sus hoscos silencios lleno de matices.

Siguiendo a Krugan se internó en el improvisado campamento  donde hombres , mujeres y niños se afanaban por igual en distintas tareas,  Rikker se arremangó la extravagante levita y con los zapatos de hebilla manchados de barro se puso a cortar leña para alimentar el fuego sobre el que ya colgaba el perol del clan alrededor del cual todos se reunían noche tras noche para comer y contar historias.

Después de una hora de frenético trabajo, toda aquella tribu, periodista incluido , estaba congregada alrededor del fuego cantando comiendo y bebiendo. Rikker, a pesar de su delgada contextura comía por tres rebañando las escudillas con pan hasta morderse los dedos y bebía por cuatro, besando los vasos con la misma pasión que emplearía con el amor de su vida. En medio de aquel jolgorio apareció Valerie , la hija de Krugan, una sonriente beldad de ojos verdes y cabellos cobrizos y rizados , llevaba una larga falda blanca rasgada y chamuscada por las hogueras y un corpiño verde desvaído por el uso pero aunque hubiera llevado sedas y perlas no habría estado más bella.- Un regalo especial por tu última noche con nosotros, padre dice que te vas mañana- le tendió un cuenco de madera rebosante de cerezas tan maduras que estaban negras- sé que te gustan- cuando él tomó el recipiente sus manos se rozaron y de repente las mejillas de Valerie compartían el tono de su pelo, encendidas por el rubor.

Gracias Valky- solo él la llamaba así,era el único al que ella consentía de esa manera, lo cual había generado cierto “malestar” entre los jóvenes de la tribu pero se cuidaban de ocultarlo, el mal genio de la muchacha era de sobra conocido por todos- me gustaría… que si no tienes inconveniente las compartas conmigo.

– Claro Ed… será un placer- añadió cada vez más ruborizada se sentó junto a aquel excéntrico y rubio muchacho de tierras lejanas.

Los demás se reían de él por su aspecto, sus maneras extrañas y porque a veces se asustaba de cualquier cosa, como una noche que durante una terrible tormenta lo había descubierto canturreando a la luz de un farol, como intentando ahuyentar a los rayos . Ella veía en él… No estaba segura de lo que sentía pero le gustaba, le despertaba algo que nadie más había provocado en ella, quería cuidarlo y amarlo pero al mismo tiempo cuando lo veía trabajando duro con los demás, ignorando las burlas y poniéndole el corazón a lo que hacía su cuerpo reaccionaba de formas completamente desconocidas para ella.

Permanecieron sentados hasta bien entrada la noche, el cuenco de cerezas a modo de zona neutral entre ambos donde de cuando en cuando sus dedos se rozaban gritándose las caricias que sus cuerpos callaban. Cuando empezó a caer el relente ella los envolvió a ambos con una manta, al quedar tan juntos se miraron y ya no pudieron callar más, Valerie le echo los brazos al cuello y le beso, un beso torpe e inexperto, pero dulce y apasionado, sabía a cerezas, a prados verdes y a sol.

Ed observó que algo le colgaba del cuello, un colgante con turquesas de los Igni un colgante de cuerda roja, lo miró con atención y descubrió que no era cuerda, sino pelo rojo, pelo de Valerie.

– Ahora soy tuya, allá donde vayas seré tuya Edgar Rikke, te amo- susurró embargada por la intensidad del momento
– Yo también te amo Valerie , te amo como nunca he amado a nadie.

Entonces fue él quien la besó y, al juntarse sus labios, los unió para siempre una fuerza más poderosa que cualquier ley o magia.

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