Pies de madera y verde en el corazón.

Diario de Edgar Rikker  ( Extracto II de lo acontecido en los Valles Verdes)
Travesía hasta la frontera de los Valles
Malditos zapatos, me hacen trizas los pies a cada paso del camino y Kensho no me da tregua, con sus cómodas botas y sus pies encallecidos tiene un andar vivo y ligero. Llevamos dos días atravesando los cotos de caza de los ricos de Stellia, frondosos pinares con el suelo lleno de raíces, mi acompañante habla poco para ahorrar resuello y conoce todos los atajos y los caminos de las fieras, a ratos fantaseo con la idea de que me guía un espíritu del bosque pues avanzamos muchas millas en lo que el Sol tarda en recorrer el firmamento .
Salimos de las tierras de Stellia de nuevo, esta vez en dirección al norte, atravesando Dauria, la tierra de las espigas, hasta donde te alcanza la vista solo hay tierra y más tierra plagada de cereales de todas las clases tostándose al sol . Atravesamos los campos como liebres, rápidos y silenciosos en plena siega, los campesinos atareados como hormigas, apenas alzan la vista de su labor para volver a afanarse, sobrecogidos por el intimidante aspecto de mi compañero, hay algo en él que huele a acero y a sangre, hasta un inocente periodista como yo puede verlo. Detrás de esas maneras educadas y ese meditado silencio se esconde un lobo. 
Como llevados por el viento llegamos a los Estribos del Forjador, una tortuosa vía excavada en la piedra a fuerza de años y de miles de viajeros que permitía alzarse desde los llanos de Dauria a las cumbres de la Sierra de las Nubes, la frontera sur de los Valles Verdes. A media ascensión, como queriendo hacer honor a su nombre, la Sierra descargó sobre nosotros una terrible tormenta. Los truenos retumbaban como dos ejércitos al chocar y los rayos hendían la negrura del cielo como lanzas de diamante mientras una intensa cortina de agua caía sobre nosotros haciéndonos imposible avanzar . Mientras nos resguardábamos en una antigua garita de guardia excavada en la roca Kensho me lanzó un bulto envuelto en tela que sonó a madera, al abrirlo vi un par de zuecos de haya con la suela claveteada le miré extrañado, nunca había visto nada igual.
– Toma muchacho, póntelas, son buenas para el agua y al viejo Al le gustaría que llegásemos a su tierra calzados con maderekas como montañeses- sonrío y habló como imitando a su maestro- «Mi pueblo es de madera, joven Ken, como lo son los hombres buenos, llevamos la madera en los pies y el verde de los valles en el corazón»- me las calcé mientras el hablaba y di unos pasos que resonaron contra las paredes de piedra.
– Tu maestro era un hombre tan peculiar como su calzado, pero estos cuencos para los pies parecen muy útiles y él, un hombre sabio- comenté balanceándome sobre las puntas tachonadas de bronce de aquellos extraños zapatos
– Estos «cuencos» como los llamas, son como la gente que los lleva, pueden parecer humildes y sin importancia pero si las cosas se ponen feas, saldrán del apuro de una forma u otra, te lo garantizo. Reivy, un viejo camarada, era un gran jinete, muy hábil con la lanza , podía rastrear cualquier cosa hasta en la más completa oscuridad y nunca entró  en batalla sin llevarlas puestas. En una ocasión, un lancero Igni de la tribu Kermix, había matado a su caballo dejándole atrapado bajo el cuerpo de la bestia y sin armas, justo cuando se disponía a rematar el trabajo con otra lanzada, Reivy se descalzó una madereka y le asestó tal porrazo a su enemigo en plena cabeza con ella que le partió el cráneo matándolo en el acto.- echó un vistazo fuera mientras yo saboreaba la anécdota- Parece que pierde fuerza, vamos, hay que llegar a la Silla del Al, antes del anochecer.
Seguimos subiendo ayudados por aquellos zuecos montañeses, que demostraron ser inestimables herramientas para moverse por aquellos parajes, hasta yo, de naturaleza torpe, podía subir por aquellos irregulares peldaños como si fuese una cabra montesa. Más de una vez vi como Kensho sonreía en los instantes en los que lograba darle alcance.  Contra el anochecer llegamos a la cúspide, donde había un pequeño llano antes de una profunda bajada a los Valles, a pesar de la altitud allí se alzaba un enorme y viejo roble que daba sombra a un gran banco tallado en la misma roca de la montaña, al lado del cual había un afloramiento de agua que corría hacia los Valles.

– Mira muchacho, el viejo talló este banco cuando tenía tu edad y bajó por primera vez a las Tierras del Llano en compañía de un maestro cantero- Kensho señaló el roble- nadie sabe de donde sacó la bellota que hizo crecer este árbol a esta altitud, casi en la cumbre pero el caso es que él lo logró- dio un trago al agua del manantial antes de seguir hablando- este es el nacimiento del río Añil, uno de los cuatro ríos principales de los valles, su rey. Cuando Al me trajo aquí por primera vez en uno de nuestros viajes me contó que había dispuesto todo esto porque un caminante debe tener siempre, buen asiento, buena sombra y agua fresca “de otro modo no es viaje , es suplicio” solía decir. Acomódate, mañana proseguiremos.

Aquella noche me dormí arrebujado en mi manto, con los pies cubiertos de madera y los ojos perdidos en la insondable profundidad de los Valles.

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