Todo comenzó en un pajar.

   Diario de Edgar Rikker  ( Extracto I  de lo acontecido en los Valles Verdes)
 Año y medio desde que partí de Stellia.
Contra todo pronóstico sigo vivo, después de mil vicisitudes en Ciudad Vieja, donde la vida vale menos que el honor, me uní a otra caravana Igni camino del norte, cuanto más lejos de aquellos guapos altaneros y peligrosos , mejor.  El collar de Valerie hizo las veces de salvoconducto y los Igni, como siempre herméticos y reservados me hicieron un hueco como si fuese uno más de la familia. Tras semanas de viaje volví a acercarme a las fronteras de la provincia de Stellia  pero para mi sorpresa , en lugar de sentirme en casa mi corazón ansiaba permanecer en los caminos en compañía de los viajeros, nómadas y peregrinos que los transitaban, Valerie se había quedado con una parte de mi corazón y su amor por las tierras salvajes había hecho presa de mí.
Una noche que pasamos en el pajar de una posada, el único sitio que daban a los viajeros sin oro para pagar un cuarto, conocí a un hombre de lo más curioso, se llamaba Kensho y hablaba con ese acento neutro de los que no tienen más raíces que las que se comen cuando las encuentran y el hambre aprieta. Vestía de gamuza de la cabeza a los pies, botas sin suela, pantalones raídos y una chaqueta de llena de flecos. Iba afeitado  excepto por el bigote y la perilla, que empezaban a encanecer sobre aquella faz tostada y cuarteada por el sol y el viento, de tanto en tanto en ella se veían las marcas blanquecinas de viejas cicatrices. Tenía la expresión serena de aquellos que se han visto en mil asuntos difíciles y los han superado y sus ojos azules no perdían detalle escudriñando la penumbra de aquel pajar como si pudieran ver a través de ella.
– No parece usted habituado a estas «comodidades» señor- me dijo mientras me dedicaba una sutil inclinación de cabeza, pude ver que la llevaba afeitada salvo por un pequeño nudo de cabello trenzado, nunca había visto nada así
– No lo estoy, puede usted apostar por ello, soy hombre de ciudad, un ratón de biblioteca- por prudencia,  incliné la cabeza respetuosamente 
– «Aquel que lee puede seguir mil caminos sin temor , pues va armado con innumerables conocimientos, quien no lee deberá ser valiente, pues tendrá que sobrevivir al camino que la vida y la gente, le impongan «- citó con la serena voz de un filósofo
– ¡Habéis leído al gran Álfuns el Caminante!- exclamé sorprendido- poca gente sabe de sus obras – alguien de entre todos los que allí dormíamos renegó por lo bajo al oírme
– No leí nada, apenas sé leer, a pesar de que fue un gran maestro, toda mi sabiduría se la debo a él, al menos la intelectual- susurró mientras se acercaba a mí y me cogía de la muñeca como animándome a bajar el tono de voz- de hecho, si prometes calmarte te diré que voy de viaje a su lugar de nacimiento- la idea me llenó de entusiasmo pero me contuve, mi olfato periodístico demandaba cautela.
– Decidme señor, los caminos son peligrosos, no tengo a donde ir y vuestra historia me interesa ¿Podría acompañaros? Prometo no ser un estorbo- el hombre pareció tensarse como la cuerda de un arco mientras sopesaba las opciones pero su semblante no se alteró lo más mínimo 
– Está bien, podéis venir maese Rikker, al viejo Al le habría gustado dar una oportunidad así a un cachorro contador de historias, ahora dormid, partiremos por la mañana y si se os ocurre remolonear os dejaré atrás

Eso fue todo lo que hablamos cuando le conocí, solo puedo añadir que me dormí tras besar cada cuenta del collar de Valerie, esperando que allá donde ella estuviese pudiera sentir mi amor. A través de la niebla que es el sueño, pude oír los cantar en la posada, canciones sobre la siega, la lluvia y doncellas en la fuentes. » Que cara pondrán en Stellia cuando sepan que mi mayor aventura  comenzó en un pajar » pensé.

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