Sirena, sirena.

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En una ocasión conocí a una sirena.

Lo sé, lo sé, ¡es una locura!

Sé que no me conoces, pero, ¡confía en mí!

Ven, conversemos.

Tengo cosas que contarte. Y si te quedas, tal vez te sorprendas. Pero dudo que lo hagas más que yo, aquel evento me arrebató el aliento.

Ella me contemplaba desde el mar. Era silenciosa, era misteriosa. Apenas asomaba sus ojos por encima del agua.

Rosas vivían en su piel. Dibujadas con tinta indeleble. Cada trazo fue pensado, cada diseño guardaba una historia.

Un jardín de flores era su cuerpo, cual fogata en invierno sus palabras.

¿A quién le canto? ¿Dónde se halla la chica de mis sueños?

Fue ahí cuando apareció.

Cuenta la leyenda que no hay quien regrese intacto de sus besos. Y no me hagas hablar de sus ojos. Ellos hacen daño, parecen observarte aún más allá, conocen todo, te lo aseguro, roban tus lágrimas.

Pero de todas maneras, todavía así mis lágrimas se inmolarían por ella con tal de admirarla.

Cariño, ¿flamenco?

No me digas que no bailan en las profundidades.

Se acercaba cada vez más. ¿Por qué le permití hacerlo si sabía lo que me esperaba? No lo sé, quizá algo dentro de mí así lo quería.

Juraría que cantaba, pero sus labios no se movían. Era el canto más bello que jamás escuché.

Me incliné, y ella al fin puso con delicadeza ambas manos a los lados de mi cabeza. Entonces, me mostró una pequeña sonrisa y, violenta, me arrastró al fondo de las aguas.

Sí, sobreviví aquella noche. O ella me permitió escapar, podríamos decir. Sin embargo, lo cierto es que…

No volví a ser el mismo.

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