Autor del texto: Teobaldo

Hoja de reclamaciones

Cuando el supervisor apareció en el marco de la escalera de caracol, vestido con el uniforme azul y dorado de la Oficina de Torturas, Rigoberto suspiró de alivio.

El supervisor era tan alto como la Puerta del Dolor, que a su vez medía prácticamente el doble de cualquier hombre de la Oficina. Su mirada taciturna se clavó severamente sobre Rigoberto que trató de esquivarla. Cuando habló, su voz era tan oscura como la mata de pelo que sobresalía de la pechera de su uniforme.

- ¿Qué demonios pasa aquí? – inquirió el supervisor.

Rigoberto se rascó la garganta y jugueteó con la punta de la lengua.

- Es por el de la 398 señor – acabó por contestar.

- ¿Qué le pasa a ese?

- Pues, que se ha quejado.

- Como todos. ¿Para eso me ha hecho bajar? – replicó el supervisor.

- Es que verá. La sopa…

- ¿Qué? ¿La sopa qué? – insistió al ver que le guardia dudaba en contestar.

- Estaba sabrosa…y…verá, es la primera vez que yo…ya sabe.

El supervisor abrió los ojos de par en par como si fueran los de una caballa muerta. Apartó de un manotazo al guardia que se estaba abriendo el cuello del uniforme como si estuvieran asándose los testículos con brasas.

El gigante llegó en pocas zancadas frente a la puerta de madera agrietada de la celda 398. Abrió la ventanilla y observó como el hombre que se encontraba en aquella celda estaba sentado, las piernas en posición de loto frente a un cuenco de madera mugriento.

- ¿Qué dice que le pasa a la sopa? – preguntó sin titubeos el supervisor.

El hombre de la celda pareció despertarse, miró en dirección a la ventanilla y de un salto agarró el cuenco y se lo tendió al gigante que no daba crédito.

- Pruebe esto – dijo con tensa amabilidad el hombre.

El supervisor miró al guardia que se acercaba tímidamente, cabizbajo. Miró al cuenco que le tendía el hombre y tras hacer una mueca agarró con sus manazas el cuenco. Lo olisqueó como un perro huele una comida dudosa y le dio un sorbo bajo la atenta mirada del inquilino de la celda 398 y de Rigoberto.

Hecho esto el supervisor miró a Rigoberto que en aquel momento tenía toda la atención puesta en el líquido del cuenco.

- ¿Le ha puesto usted sal a esto? – interrogó el supervisor a Rigoberto que no se tenía derecho ni con rigor mortis.

- Yo no…nunca.

- Pues este caldo está sabroso, tal y como dice el señor. ¿Me lo puede explicar?

- Eso, explíquele hombre – jaleó desde la jaula el hombre encerrado.

- No tengo ni idea señor. Será un problema de cocina. Se les habrá derramado algún salero, o algún desaprensivo habrá puesto algún que otro trozo de tocino en sal al caldero…

- ¿Cómo dice? – preguntó desorientado el supervisor.

Al escuchar aquello el hombre de la 398 suspiró de hastío, se revolvió sobre si mismo y empezó a gesticular visiblemente molesto a los dos hombres que estaban de pie como flanes sin cuajar.

- ¡Esto es increíble! – se quejó – pago una fortuna para venir aquí, para ser tratado como un paria y ¿qué tengo a cambio?

Al no obtener respuesta el hombre continuó.

- Esto. Una sopa como la que podría hacer mi abuela, que en paz descanse.

El supervisor se aclaró la garganta y suavizó la mirada.

- Señor, en nombre de nuestra corporación le pido disculpas. Últimamente ha habido muchas incorporaciones nuevas y estoy seguro que esto ha motivado este error y que…

- ¡No no, no siga por ahí! – cortó el hombre – si sólo fuera eso pasaría, pero cuando llegué hace dos días no me va a creer pero no fui zarandeado ni escupido.

- ¿Cómo? – preguntó atónito el supervisor.

- Lo que oye. Algún que otro empujón sin mucha pasión sí que me dieron, pero nada de zarandeos ni de escupirme a la cara como marca el folleto. Y eso no es todo. Los latigazos. ¡Ay con los latigazos! Incluso un hambriento manco podría darlos con más brío que su personal. ¡Mire sino!

El hombre se giró y se quitó el sayo que le cubría. El supervisor y Rigoberto miraron por la ranura de la ventanilla con interés, llegando incluso a tocarse sus mejillas para poder certificar las palabras del hombre.

- Unos pocos zurquitos en la piel, un poco de sangre y nada más. Ni se ve hueso, ni me molesta para dormir. ¡Una vergüenza!

Los dos hombres asentían heridos en su orgullo mientras que el de la 398 proseguía.

- Y mire estos grilletes. ¿Lo ve normal? Limpios, aseados, sin un atisbo de trozo de carne. Eso indica que sois igual de blandengues con todos.

El supervisor respiró hondo, se colocó la casaca mecánicamente mientras se alisaba el pelo hacia atrás. Estaba dispuesto a cortar esta incómoda queja como fuere.

- Caballero, haremos todo lo posible para que su estancia sea nefasta, se lo prometo y en el nombre de mi corporación así como del mío propio…

- Y del mío también – matizó Rigoberto que tiraba con prudencia de la manga de su superior.

- Eso, y del suyo también. A lo que iba, que su estancia será todo lo nefasta que necesite así que la corporación le regala una semana más de dolor y sufrimiento. Y para que esta relación se inicie con un cariz más oscuro, ¿podría decirme qué le gustaría que hiciéramos para su desdicha?

- ¡Dejé de ser educado y azóteme de una maldita vez joder!

- Esto, sí, ahora mismo gusano infecto – replicó incómodo el supervisor. Hizo una señal a su subordinado en dirección a un látigo de puntas metálicas que estaba colgado de una pared.

Mientras Rigoberto se acercaba con la herramienta en la mano, el huésped de la 398 ordenó antes de que entrara en la celda.


- Y que alguien se mee en esta maldita sopa.

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Etiquetas: , Fecha de creación: 2019-12-19
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