Autor del texto: tercer.mundista

Martina

Martina llevaba siempre las mangas del buzo estirado y lleno de mocos. Los puños eran dos trapos deshilachados y mugrosos que constantemente estiraba para taparse las manos y aunque se esforzaba por cubrirlas, siempre asomaba por uno de los agujeros su dedo pulgar, con la uña mal pintada de un esmalte rojo todo saltado y un anillo dorado desteñido con la mitad de las piedras incrustadas.
Caminaba con los hombros encogidos, mientras arrastraba los pies como si llevara plomadas ancladas en las suelas. Y sin sacar la vista de piso pateaba todas y cada una de las piedras que se cruzaba, siguiéndolas aún sin tener destino certero.
Llevaba el pelo con un rodete enmarañado, y de tan seco no necesitaba colita para atárselo.
Martina no tenía familia, se fue de su casa cuando cumplió 17 años porque se enamoró del puntero del barrio, y su papá la echo.
Nunca le pudo decir que tenía razón, que no se tendría que haber ido. Pero todavía le dolían los golpes al alma más que los moretones en los brazos que ese mal nacido le había dejado. 
Martina dormía dentro del conteiner de basura de atrás de Congreso. Una vez, una de las viejas del barrio lo abrió y revoleo, sin mirar, una bolsa llena de yerba y cascara de fruta que fue a estallar directo contra su cabeza, llenándola de basura. Quiso putearla pero se aguanto. Si descubrían que dormía ahí adentro iban a hacerle problema, y en invierno era el único refugio que había encontrado. No para no cagarse de frío, sino para que los malandras no la violen. 
Martina se escondía las manos porque creía que si la gente la veía así, no pensaban que se acercaba a pedir. No le dolía que crean que lo hacía, ni siquiera le dolía la indiferencia de los que sentados en un café comiendo medialunas, ni la miraban cuando pedía comida. Pero no podía tolerar la lastima en los ojos de aquellos que creen que se es pobre, sólo porque no se tiene la billetera llena de plata.
Martina se escondía en su ropa tres talles mas grande, pero gritaba fuerte de día por la calle, porque necesitaba hacerse visible. De noche no, de noche se volvía transparente y se escondía con cachorro, su perro.
Le encantaba el helado, pero no sabía leer, por lo que siempre que pasaba por la heladería y saludaba al dueño, le pedía lo mismo: frutilla y dulce de leche, después de mirar la cartelera con cara de pensativa como si estuviera eligiendo realmente. 
Había aprendido que la gente miente todo el tiempo cuando no quiere dar explicaciones, y en base a eso se había armado todo su discurso.
Se llamaba Lorena, vivía en la calle porque se había quedado sin trabajo, era peluquera y estaba estudiando para maestra. Era la forma de demostrarle al mundo que podía obtener más que miradas compasivas de su parte.
Martina gritaba enojada y chancleteaba las zapatillas talle 40 que le había regalado, aunque calzara 36.
Martina miraba a los ojos a todos, pensando que alguien alguna vez le iba a devolver la mirada.
Martina saludaba al diariero, al del puesto de flores y al del quiosco de la otra cuadra, que siempre le daba los cartones para vender.
Martina un día salió, y no la encontraron más.



Página: /
Etiquetas: niunamenos, Fecha de creación: 2021-04-08
1 0 0
¡Califica ya este texto!
Facebook Twitter

Tabla de comentarios

¡Aún no hay ningún comentario, sé el primero!

Autores relacionados

x
This website is using cookies. Más info. Acepto