Autor del texto: words friend

Viaje a la estación

Esta es la historia de un viaje a Sevilla que ocurre en una placita de Madrid, cerca de la estación de Atocha.
Era una fría noche de otoño y las manecillas del reloj estaban a punto de señalar las diez. Me dirigía hacia el tren para viajar a Sevilla, donde tenía una reunión de trabajo al día siguiente. Al doblar una esquina, en una plaza con más sombras que luces, me crucé con una chica a la que la que parecía estar molestando un individuo. Al principio, no me dio tiempo a pensar en si se conocían, si estaban haciendo el tonto o si ese tipo la estaba molestando de verdad. Pero cuando mis ojos se cruzaron con los de la chica, supe que tenía que actuar.
Así que me dirigí hacia ellos y les pregunté que si todo iba bien. No me gusta meterme donde no me llaman, pero, si algo no va bien, no se puede dejar correr. El hombre, mayor de lo que parecía a primera vista, dijo que se había ofrecido a acompañarla y ella, casi instintivamente, se puso rápidamente detrás de mí. No soy especialmente alto ni fuerte, pero supongo que cualquier persona que hubiera aparecido en su ayuda era un salvavidas al que aferrarse. El otro hombre dijo que mejor se iba, que ya veía que se quedaba protegida por otro hombre para que no la pasara nada.
Al alejarse unos metros, le dije que menuda tontería, que no tenía que ser protegida POR otro hombre, sino DE ese hombre u otros de su calaña. Ella no dijo nada, estaba casi temblando. La pregunté si quería que la acompañara a algún lugar o si prefería seguir su camino tranquilamente. Ella se quedó en silencio de nuevo, pero esta vez parecía que estaba pensando. Sacó un cigarrillo y me preguntó que si me importaba esperar a que se lo fumara para tranquilizarse. Le dije que por supuesto, que tenía un billete para dentro de una hora pero que iba con tiempo. La conversación empezó a fluir, con preguntas triviales pero que en ese momento parecían muy interesantes. A los 25 minutos, me dijo que tenía que irse. Yo no me había dado cuenta ni de que se había terminado el cigarrillo hacía un buen rato. Antes de irse, me dio las gracias y se dio la vuelta para seguir su camino. Yo me di la vuelta también y me dirigí hacia Atocha.
Cuando llevaba unos metros andando, oí unos pasos que se acercaban hacia mi apresuradamente. Me di la vuelta, y allí estaba ella de nuevo.
Ni siquiera sé tu nombre, me llamo Ana.
Es increíble, tanto rato hablando y ni siquiera nos habíamos dicho nuestros nombres. La contesté diciéndole que mi nombre era Hugo y, seguidamente, me dijo que si nos dábamos los números para tomar un café algún día. Le dije que me parecía bien y, después de apuntar nuestros números, seguimos nuestros caminos.
Antes de llegar a la estación pasé por una tienda a comprar unas pipas. Me quedaban 15 minutos para que saliera el tren y las pipas siempre me amenizan los viajes. Dudé en abrir el paquete mientras iba a la estación o al arrancar el tren. Opté por dejarlas en el bolsillo porque, si las abro, camino más despacio. Y me gusta llegar con margen. Una vez en el andén, me senté en un banco a esperar a la salida del tren.
Puntual, como siempre, el tren llegó a las 23 en punto. Mientras se abrían las puertas, sonó mi teléfono. Un mensaje de Whatsapp. Algún compañero de trabajo quería que comentase algo mañana o algo así, supuse.
Me acomodé en mi asiento, saqué mi bolsa de pipas y preparé el ebook para leer un libro. Antes de empezar a leer, saqué el móvil de mi bolsillo para contestar a mi compañero porque luego sería tarde.
¡Sorpresa! El mensaje era de Ana.
Hola, soy Ana. Siento no haberte acompañado después de haberme rescatado de ese imbécil.
Vaya. ¿No dicen que las chicas no escriben nunca cuando les das el teléfono? ¿o que se esperan no sé cuántos días para no parecer no sé qué?
¡Hola, Ana! No tenías por qué, lo importante es que no te haya pasado nada. ¿Llegaste bien?
Así siguió la conversación, hasta que la megafonía del tren me avisó de que estaba llegando a Santa Justa. Otra vez parecía que había pasado un minuto desde que habíamos empezado a hablar. Y mi bolsa de pipas sin empezar.

Estuvimos hablando durante días, en cada momento disponible que teníamos. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. A mi regreso a Madrid, dijimos de quedar a tomar algo.
Quedamos por la tarde, en una placita del centro de Madrid que siempre me ha gustado por su encanto. Cuando la vi aparecer, me pareció la mujer más guapa que había visto nunca. El día que la conocí apenas pude apreciar sus facciones tras su gorro y su bufanda de lana. Quizás ella pensó algo parecido sobre mí, sólo que a la inversa. Ni ella misma podía imaginarse lo guapa que era a mis ojos.
Tenía unos ojos marrones claros que a la luz del sol mostraban vida, alegría y vitalidad. Sus finos labios y los hoyuelos que se le marcaban en la cara mientras nos acercábamos me parecían de otro planeta.
Tomamos asiento en una terraza y pedimos la primera de muchas cervezas. Cuando llevamos ya un par de ellas, ella me pide, bajo juramento, que todo lo que digamos ese día tiene que ser completamente sincero. Acepto, no hay nada que temer… ¿o sí?
La tarde poco a poco se convierte en noche y la conversación cada vez me atrapa más y más. La forma de hablar, las cosas que dice y que hace… todo lo rodea de un aura especial. Ana es especial. Ella también lo sabe, pero lo siente como algo natural. No va pintada ni arreglada como si fuera a visitar el Palacio de Buckingham, pero es distinta a las demás. No busca llamar la atención, pero es inevitable no percatarse de su presencia.
Entre trago y trago, la conversación comienza a pasar de intereses más sociales y cosas más comunes a temas más personales. Me pregunta si tengo hermanos, se interesa por mis sobrinos, novia… Espera, ¿novia? Imaginaba que se lo había dicho en algún momento, pero parece que no. ¿O quería asegurarse? ¿o sacar el tema? La contesté que no y ella hizo un gesto casi inapreciable con los labios en lo que parecía ser una sonrisa. Hugo, no veas cosas donde no las hay. Ella está en un punto del universo y tu estás en el mismo, pero en otra realidad.
Después de contarle mis miserias con mi última exnovia (¿por qué siempre se tendrá que hablar de lo mal que te ha ido con una chica cuando estás intentando ligar con otra?), la pregunté a ella por su situación.
Para mi sorpresa, nunca había tenido un novio como tal. Según decía, no estaba interesada en ese sentimiento de pertenencia con otra persona. Quizás en el futuro sus necesidades y sus sentimientos cambiaran, pero de momento ella era feliz así, sin rendir cuentas a nadie y haciendo en cada momento lo que a ella le hacía feliz.
Lo primero que pensé fue que, de una forma muy sutil, me estaba diciendo que ni lo intentara con ella. Pero como me había hecho prometer que íbamos a ser sinceros ese día, le di mi punto de vista sobre lo que ella pensaba.
La conversación se animó, uno defendiendo que no había conocido a la persona adecuada y otra abogando por la libertad que daba el no estar atada a nada.
No sé cómo, acabamos besándonos. Habíamos dejado varias terrazas atrás y nos dirigíamos hacia ningún lugar. El beso fue largo y lleno de fuego. La brisa chocaba con nuestros cuerpos y nos enfriaba las manos, pero éstas se mantenían calientes con el contacto del otro.
Los besos dieron paso a las caricias. Y, con ellas, exploré su ropa con mis dedos, buscando entender el cuerpo que, quizás, algún día llegaría a besar por completo.
La brisa insistía en enfriarnos, pero nosotros cada vez respondíamos con más pasión y más calor.
Los primeros rayos de sol nos decían que teníamos que despedirnos. ¿Hasta pronto? No sospechaba qué me depararía el futuro con Ana. Ella no quería compromisos y yo no quería separarme de ella.

Siete años después, ella está leyendo un libro en el salón y yo me encuentro escribiendo en la habitación de al lado cómo conocí al amor de mi vida.

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Etiquetas: amor, viaje, conocer, Fecha de creación: 2019-12-18
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Tabla de comentarios

Ana B.

Muy bonito. Cuidado con los tiempos narrativos, pasado y presente se cambian en algunas frases.

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