Yo de mayor quiero ser…

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Era algo que incluso alguien como yo pudo ver…
Ya desde bien chiquitina, contaría entonces con cuatro o cinco años, la señorita Pilar, la niña del segundo izquierda, la hija menor de los Gutiérrez…apuntaba maneras. Siempre tan arregladita y aseada, y con esa buena educación… “Buenos días Señor Jacinto” me decía con su boquita de piñón… “Buenos días señorita Pilar, que bonita va usted hoy…” la contestaba yo. Y mis ojos no podían evitar su encantador caminar hasta ver cómo detenía sus pasos siempre en el mismo lugar: la tienda de muñecas que había frente al portal.
Y mientras su “yaya Anita” hacía el pedido diario en la tienda de comestibles, ella impartía ante una concurrida audiencia sus primeras clases magistrales… “A ver Rosita, la M con la A… MA… ahora tú solita… muy bien…María deja de molestar a Asunción, no atiendes y luego te equivocas… vas atrasada en la lección… ¿por dónde iba? ¡ah, sí! Julia, ahora tú… la M con la E… ME…” Y así continuaba su conversación durante los diez o quince minutos en que su yaya la hacía esperar. Después agarraba su mano obediente y se alejaban despacito para continuar con los “mandaos”.
Me provocaba cierta ternura ese ritual, que sólo se veía interrumpido en los días de lluvia o cuando la señorita Pilar se encontraba indispuesta… “Está enferma la niña Señora Anita?”… “Si Jacinto, si… pero son sólo unas decimitas de ná…” Y pronto volvía a las rutinas y a alegrarme con su actuación frente al cristal.
Hacía años que ese recuerdo no acudía a mi vieja memoria. Lo cierto es que un día los Señores Gutiérrez se mudaron y poco tiempo después yo mismo abandoné la portería, cuando llegó mi jubilación. Ahora dedico parte del tiempo que me sobra a pasear para estirar mis entumecidas piernas, y hoy los pasos no sé muy bien porqué me han llevado hacia allí. Me ha costado reconocer la calle, apenas conserva su esencia. La bodeguilla de la esquina por ejemplo, es una tienda de esas que siempre están abiertas, incluso los domingos y fiestas de guardar. Pero lo que han buscado mis ojos ha sido el portal y justo enfrente… ¡Ay! La tienda de muñecas ya no está. Ahora en su lugar hay un locutorio. Y allí me he quedado parado, petrificado, los pies pegados al suelo… Y los recuerdos han acudido en tropel. Aquella niñita preciosa, su dulce voz… Y sin querer de mi boca ha salido un susurro… “Rosita, la M con la A…” Pero antes de terminar, alguien a mi lado ha susurrado la fórmula final… “MA”. Y me he girado mudo de la sorpresa, imaginándome burlado, pero… “Ave María Purísima…” se ha tratado de un truco de magia de esos del destino.
“Señor Jacinto, ¿se acuerda usted de mí? Soy Pilar Gutiérrez, la niña del segundo izquierda…” Y mientras me limitaba a sonreír con cara de bobo feliz, he alargado mi mano en un intento torpe de saludo formal… “Al final lo conseguí… Soy maestra… Pero creo que usted siempre lo supo, a que sí…”

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